miércoles, 30 de abril de 2008

Al poco de llegar la medianoche, la Madrugada abrió sus pomposos cortinajes y desplegó en este gran teatro de los Sueños que es Sevilla un sinfín de actos, entremeses, sainetes, algún apropósito pero sobre todo dramas, tragedias y tragicomedias aderezadas con ese regusto populoso respirable en la Macarena o en Triana cuando sus protagonistas vestidos con atuendos nazarenos regresan a casa. Tragedias en Alfonso XII con la Saeta a la Santa Cruz o en la Magdalena cuando sale el Cristo del Calvario, maestría costumbrista de los Álvarez Quintero en el bullicio de la Macarena o Triana.

La Sevilla más clásica en la noche más clásica se mostró receptiva al retorno de los efluvios tradicionales moldeados por el tiempo y la memoria. Al regreso a las representaciones de siempre con los atrezzos magistralmente dispuestos en las Iglesias y en las calles, con la banda sonora de los Armaos “armando” guerra y con el público expectante con butaca en el patio de la Campana o con sillita plegable en la grada de Fray Ceferino González. Todo perfectamente dispuesto.

Antes de que la plebe hubiera dejado caer siquiera sus posaderas en el asiento de rigor y cuando aún pasaba el vendedor cacahuetes en mano pregonando buenas nuevas ya estaban las primeras en las calles de la Madrugada en disposición de apresurarse a cumplir con su insobornable obligación de ser fieles con los mandamientos no escritos de expugnar las penas en una dura penitencia de vigilia nocturna.

La Función no había hecho más que comenzar a la hora prevista. La Función Principal de Instituto según Sevilla, según las hermandades de la Madrugada.

La Macarena, antes de iniciar su manso regreso al barrio como agua calmada en la ya Mañana de los Gozos, bajaba la calle Feria con la prestancia que se exige para aquellos que no estamos para los trotes calurosos de las esperas en calle Parras y el rostro cansado de la Esperanza. Dos mil hábitos que pasaron como si hubieran sido quinientos. Velocidad hasta en los últimos tramos integrados por los más veteranos que rejuvenecen a las plantas de los pasos, pasito a pasito, hora a hora, madrugada tras madrugada.

El Señor de la Sentencia se veía este año un poquito más alto. Se le adivinaban hasta los pies. Todo ello fruto de la remodelación que ha sufrido la propia superficie del paso  que ha sido elevada en un taller de la Rambla. Por lo demás clasiquísima su estampa incontestable y medidísimo en su andar soberano.

Pero hasta que no llegó la Reina de San Gil no se rompieron los esquemas. El guión preestablecido que siempre reflejan los ritos y las tradiciones se desmonta cuando llega la Macarena. Da igual la estampa que traiga. Poco importa el manto que lleve, tal o cual saya, una u otra toca. La Esperanza describe siempre un dibujo propio manejando el entorno a su antojo. Su llegada es bulliciosa pero enseguida calla al respetable cuando Antonio Santiago manda arriar el paso. Las saetas se suceden por doquier a lo largo y ancho de la calle Feria. Un legítimo intento de cangrejear delante de su mirada puede resultar un riesgo para la integridad tal como si fuera un empeño por tocar las andas de la Virgen del Rocío de Almonte. Vaivenes hoscos en un remolino de emociones y un curioso silencio en los apretujones y pisotones varios en los que nos vimos inmersos muchos de los que tuvimos la osadía de querer estar más cerca de su privilegio.

Al final hubo que volver a la pasividad de las aceras con la prudente distancia y con la cabeza en su sitio.

No menos público se arremolinaba a esas horas en la desembocadura de la calle Cuna a la Plaza de Villasís para contemplar el regreso de la Primitiva de “El Silencio”. Pero en éstas la escena va evocando pasajes angostos, oscuros y añejos de modo que el público se va contagiando del aroma a cerrazón traído por el negro ruán y por la sucesión simétrica de nazarenos con cirios al cuadril a uno y otro lado de la calle. El avance del cortejo es impecable. La sucesión de enseres exige una pausada delectación. El tufillo a incienso del primero de los pasos pronto comenzaba a intuirse provocando una deliciosa ebriedad entre los presentes. El Nazareno de la Cruz Invertida nos volvió a señalar cual es el Camino del Gólgota y lo seguimos con la mirada en el camino eterno de su Redención por el empedrado de la Vía Dolorosa de la Jerusalén hispalense.

Por su parte la Catedral argéntea que cobija a la Madre de Dios dulcemente conformada por la gubia del minusvalorado Sebastián Santos Rojas también hubo de ganar su cuota de protagonismo sin hacer más de lo que se requiere en estos casos. Andar de frente y largo. Duro y difícil debe ser cargar este paso absolutamente rígido donde lograr que el mismo no se descomponga plantea no pocos quebraderos de cabeza entre capataces y hombres de abajo. Pero se resolvieron éstas visicitudes como siempre, con vigor y rectitud, con la maestría y la ejemplaridad que dan los siglos.

Poco después de que la trasera silente del Palio de la Concepción se perdiera buscando la intimidad de su recogida por la capilla de los Panaderos, Triana comenzaba a llenar de sus peculiares formas el centro de la ciudad a la vez que se embebía de esa sublime burbuja que absorbe sin contemplaciones a las hermandades cuando arriban al mismo epicentro. Tan es así, que los vítores y los aplausos de la calle Pureza cuando salían los pasos de la Capilla, se tornaron en contemplaciones calladas siquiera interrumpidas por suaves murmullos y comentarios “por lo bajini”. Triana entiende esta circunstancia cuando surca San Pablo buscando la Magdalena donde el Palio de la Esperanza siempre tiene una cita fiel con las notas musicales mas fúnebres, con el clasicismo más inesperado con el andar pausado aquejado de la melancolía penitencial de las hermandades de centro, tiznado de la mesura adecuada, demostrando, que a éstas también les caben esas marchas quien sabe si guiñando el ojo a Montserrat o la Quinta Angustia. Sin estridencias, sin tres pasitos, otra forma de ver a Triana. Contrastes de la Semana Santa.

Por entonces ya se encontraba esperando el Gran Poder, en su peculiar e inadmisible rodeo, a que pasasen los últimos músicos del cortejo trianero para hacerse a la calle Gravina y acceder por los bellos recovecos que desembocan en la Plaza del Museo. Otra vez parón. Otra vez dificultades en esta Madrugada cogidita con hilos. Sigue enamorando su transitar pausado, afanoso, meticuloso, y divino por esa zona del casco antiguo donde los naranjos parecen florecer de la propia canastilla del paso de misterio como un detalle más de su exorno floral. En la oscuridad de Miguel de Carvajal y Bailén, el Señor refulgía de una manera especial gracias a la novedosa estampa que presentaba con la túnica bordada. Dicen que se trató de una excepción. Poco importa. A pesar de los dimes y diretes, al Gran Poder se le intuyó con mayúsculas como el Hijo de Dios hecho Hombre por las calles de Sevilla con otro halo, más Rey, más completo, con menos movimiento, eso sí, pero impartiendo su anual Magisterio con Traje de Gala.

Apenas nadie reparó en que la primavera estaba llegando de una manera radical  cuando el Discípulo Amado retomaba su Sacra Conversación con la Madre del Mayor Dolor y Traspaso. Un año tras otro contemplando el deambular de este paso de palio hace que los detalles a curiosear sean otros. Este año me ha llegado al alma el delicadísimo sonido que aporta el paso cuando anda. El golpeo suave de las bambalinas de cajón contra los varales del palio. El crujido de trabajaderas y respiraderos. El tintineo de candelabros de cola. La sequedad de las levantás en el sitio y sobre los hombros, sin descomponerse. Con los decibelios medidos, como un sonajero infantil provocando un sueño dorado inevitable.

Y casi sin darnos cuenta los primeros vencejos comenzaban a despertar de su letargo invernal para recibir con un cacareo insoportable al primer alba de la primavera. El amanecer estaba próximo. Por entonces ya deambulaba el Calvario de vuelta por Arfe camino de la Magdalena. Sin titubeos. Sin novedades. Tan sólo el retraso de 20 minutos dejado por la Macarena en Campana había enturbiado en cierta manera el serio y recto desfile de esta corporación, algo que molestó sobremanera a la junta de gobierno en la que se otea un cierto clima de hartura ante su conocida situación de convidados de piedra en las conversaciones sobre futuribles y necesarios ajustes.

La Esperanza de Triana por su parte metió su paso de Misterio en el Postigo con el día completamente claro. Tras pasar el Arco y producisrse una parada reconfortante sonó “Cristo del Amor” en una revirá cortita donde pudo apreciarse en todo su esplendor la disposición escénica de este Misterio con el Caballo de Guía que estuvo a punto de quedarse en la cuadra por aquello del Aniversario. Y justo cuando los músicos iban a rematar la estrofa final de la clásica marcha de Escámez se oyó una voz anónima bajo el paso que mandó: ¡A Triana! Y así fue, efectivamente, como se fue el Señor con paso firme y sin concesiones camino del arrabal y hasta el año que viene.

Los párpados pesan mas aún cuando la mañana indica que ya no son horas de estar deambulando por las calles en las que ya no se ven adustos en vigilia apoyados en las paredes si no las primeras familias perfectamente desayunadas y ataviadas con los trajes de Viernes Santo y como es lo lógico, con unas cuantas horas de sueño de ventaja. Pero aún había interés y vergüenza torera para apurar la mañana con el regreso de los Gitanos por los alrededores de la Catedral. Cuentan que los responsables del primer templo catedralicio apremiaron a la hermandad para que abandonase el templo ante la inmediata celebración de los cultos litúrgicos de la jornada. Y todo debido al retraso acumulado.

La simbiosis Paso-música alcanzó cotas de perfección insospechada cuando se intuyó la cuadrilla de acólitos que antecedía a las andas del Señor de la Salud en el inicio de la Cuesta del Bacalao. Otro año más sin la presencia de la Agrupación Musical de la hermandad que sigue condenada al injusto ostracismo con el banderín en blanco pero con las ilusiones intactas. Aún así, también es justo decir que “Los Reyes” pone el punto de calidad que le faltaba a la primera. Afinación, potencia, y composiciones “ad hoc” fueron algunos de los méritos acumulados por estos músicos en cada chicotá, en cada esquina y en cada calle del recorrido. Si a ello le sumamos el andar de frente tan particular de esta cuadrilla, sosegado, apenas aliñado con “guiños” al frente llenos de casticismo y solera, el resultado no podía ser otro que el del aplauso generalizado y los “olés” que en esta tierra sólo salen del alma.

Por detrás, la Virgen de las Angustias con su peculiar giro de cuello, radiante con el sol floreciente de la mañana y a los pies de la Giralda, comenzó el retorno a su Iglesia con toda la cera agotada en consonancia con los que ya nos veíamos mas en el catre que en las delanteras de los pasos. La novedad la presentaba con la restauración del manto “azul pavo” que se ha recuperado en su brillante concepción inicial tras la intervención efectuada por Fernández y Enríquez. También, en el apartado musical se estrenaba tras el Palio la banda de música de Nuestra Señora de las Nieves de Olivares que vino a sustituir brillantemente a la Cruz Roja que había sido la banda que tradicionalmente había acompañado a la Señora hasta el pasado año.


Publicado por Desconocido @ 22:10  | Sevilla
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