martes, 08 de abril de 2008
Por fin. Y lo que cambian las cosas de un día para otro. De la impotencia del Miércoles en blanco y el sabor amargo dejado por un Jueves Santo que se perfiló cuasi idéntico al de la semana santa anterior, a un Viernes Santo fabuloso, especial, brillante y bullicioso de los que hace tiempo que no se disfrutaba en todo su esplendor.

Se notó incluso a primeras horas de la tarde un tremendo gentío que se arremolinaba en torno a la Plaza Nueva para ver confluir a las dos primeras corporaciones del día a pesar del cansancio acumulado a estas alturas de la semana y sobre todo después de una castigadora Madrugada. La Carretería dejando una estela de perfección romántica se adentró en Tetuán buscando la carrera oficial que esta vez sí fue la de la tranquilidad. Y detrás iba la Soledad. En la acera de Vittorio y Lucchino no cabía un alfiler. Alguien debía explicarles a los nazarenos soleanos el porqué de tanta expectación, inusitada, sobre una hermandad que antaño pasaba de puntillas por el Viernes Santo. Y no porque ésta pecara de algún defecto sino porque en condiciones normales el Viernes siempre ha sido un día más selecto, tranquilo y espaciado salvo en lugares clave. Una jornada que ya rezuma hartura en la necesidad de llegar a tiempo, de efectuar correrías o de soportar esperas pacientes. El Viernes Santo siempre ha sido un día de ir "a tiro hecho".

Mientras las dos primeras advertían su colorido por la paralela de Sierpes, las dos de Triana comenzaban su particular Carrera Oficial por el Altozano, el Puente, Reyes Católicos y la calle San Pablo. Muy especial fue el transcurrir del Cristo Expirante por la Magdalena por cuestiones obvias. Hubo un momento en que su capataz, Ismael Vargas, suspiró de alivio toda vez que vio el cielo azul y que el paso se encaminaba presto hacia la Campana dejando atrás aquella frontera infranqueable. De nuevo sin potencias ni corona de espinas. La Virgen del Patrocinio con su flamante palio restaurado ofreció una imagen cenital cuando bajaba Reyes Católicos buscando el centro de la ciudad, abriendo compás, con seguridad en el andar, y exornada con esos claveles rosa bautizados con su nombre: "Patrocinio".

San Isidoro tuvo un especial protagonismo por las calles que rodean al Salvador. Este año el Señor de las Tres Caídas llevaba un monte clásico de claveles rojos "Sangre de toro" en detrimento del exorno silvestre que había innovado originalmente en los últimos años. Otra hermandad que se suma a ese "paso atrás" de retorno a los postulados de siempre. Una belleza especial adquirió el último cortejo de ruán por la calle Cuna sobre todo cuando apareció la chiquillería de la hermandad perfectamente ordenada y repeinada entre los serios y rigurosos nazarenos de negro. Una gozada.

Al Palio de Loreto le costó aparecer a las faldas de Montañés. La Virgen estrenó una saya realizada por el taller de Manuel Solano que contrastaba brillantemente con los peculiares trazos de sus respiraderos y varales dorados. Se plantó en la Campana, por el retraso acumulado de la jornada, con 31 minutos por encima de su hora prefijada. Aunque hoy estaba todo perdonado.

Para entonces ya estaba la Carretería y la Soledad de vuelta por el Arenal. Mientras la segunda se hacía a la doble revirá de la Puerta del Arenal, el Cristo de la Salud apareció por la calle Rodó con el alumbrado público apagado y enfilando el Real de la Carretería con los sones de la marcha insigne de este paso: "Al Pie de tu Santa Cruz" de Francisco González Ríos. A sus Pies estábamos muchos en la estrechez de los recovecos del bello barrio que ya respiraba un cierto aire torero ante la inminente Pascua de Resurrección.

Luego para buscar a la Virgen del Mayor Dolor, que estrenaba la restauración de las caídas exteriores realizada por Jesús Rosado, el callejeo por el pañuelo de la Maestranza con la humedad propia del cercano río nos hizo imaginar aquella época dorada de la Carrera de Indias en la que calafates, carpinteros de ribera, toneleros, emplomadores y un sinfín de obreros realizaban sus labores frente a las numerosas embarcaciones atracadas en el muelle.

Tras surcar Temprado y Santander una vez dejadas atrás aquellas Atarazanas reales del ajetreo del Siglo XVI y XVII, la cita con la O por calle Miguel de Mañara, el Don Juan Tenorio sevillano y la plaza de la Contratación nos ofreció instantes dulcísimos, inmejorables, plagados de sabor cofradiero junto a los muros del Alcázar. La Banda del Sol acompañó magistralmente el andar cauteloso del Nazareno trianero, el "Jorobaíto" como se le conoce cariñosamente entre los vecinos de su feligresía. Por su parte  la Virgen de la O, última coronada canónicamente en la ciudad de Sevilla, enfiló San Gregorio dejando tras de sí una estela inolvidable en la acompasada mecida con las marchas "La Madrugá" y "Virgen de los Estudiantes", ambas de Abel Moreno. Poquita gente en una escena intimista de la que a veces se echa en falta en la larga Semana de pasión.

El último cuadro costumbrista que nos dejó la noche fue concebido en la esquina de Placentines con Alemanes. La Mortaja siempre pone el broche final al Viernes Santo y en parte también a la propia Semana Santa. En un primer plano se adivinaba la excelsa disposición de su cuadrilla de acólitos formada por 18 ciriales que representan a las 18 personas que, se dice, estuvieron presentes en el Entierro de Cristo. En segunda instancia el maravilloso Misterio. Pero en la escena que pinta la costumbre de Cabral Bejarano hay bastantes mas individuos presentes, Sevilla in situ, un año más en la Mortaja de Cristo con la Giralda de testigo, mientras su paso revira con un parsimonia inusitada con la lentitud provocada por el irremisible final que nadie quiere se produzca. En nuestro silencio sentido y en nuestras oraciones íntimas nos convertimos en acólitos de su descanso eterno.


Pero aún quedaban unos últimos alientos de Viernes Santo que respirar por la zona de Molviedro y Zaragoza. Montserrat comenzaba a derrochar nostalgia surcando calles semidesiertas con la única presencia de los que en buena lógica piensan que luego el año es muy largo. El Misterio de la Conversión con la presidente talla de Juan de Mesa siempre ganando centímetros con la maestría del andar por derecho, nos hizo recordar que el arrepentimiento del Buen Ladrón le hizo estar mas cerca de su Cruz. Por ello, el arrepentimiento propio y el propósito de enmienda se entienden inexcusables para entender el mensaje de Dios. "Jesús, acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino" le dijo Dimas. Y la respuesta no se hizo esperar, Jesús le contestó con la misma expresión que solía utilizar para las declaraciones solemnes: "En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso"(Mt). Poco quedaba ya para el fin y, paradójicamente, el comienzo de tantas cosas.

Tras Él, la dulzura de la Virgen de Montserrat se asomaba a la barandilla de su balcón enrejado colmado por una cornisa de plata para dejar boquiabiertos a los que la vieron volver a casa con la adaptación de Margot por la Plaza de Molviedro mientras las "cortinas" bordadas que la protegen de la intemperie se balanceaban a su amor, sin obstáculo alguno, porque a Ella siempre gustaba de sacarlas por fuera. El epílogo lo puso Tejera tocando deliciosamente "Corpus Christi" y "la Madrugá" antes de que Montserrat enfilara San Pablo camino irremisiblemente de la recogida.


Publicado por tontodecapirote84 @ 22:18  | Sevilla
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