Nos estamos acostumbrando no sólo a que las Semanas Santas
pasen (y ya van siete años seguidos) dejando agua inútil apenas servible para
formar charcos y regar jardineras, sino que además y lo que es peor, a que
éstas se ceben, año sí año también, con los mismos cofrades, con las mismas
hermandades y los mismos días. Hace unas décadas cualquiera se echaría las
manos a la cabeza sólo de pensar que por causa de la lluvia alguna hermandad se
quede en casa dos años seguidos sin salir. Y más aún, ¿qué hermano del Cachorro
en aquellas semanas santas de intimidad en la calle Castilla iba a pensar que
la imponente talla de Ruiz Gijón no iba a pisar el suelo catedralicio en cuatro
tediosos años? Y no voy a contar el chiste del Sevilla FC., además de por
consabido porque tiene mucha guasa.

Ahora nos parece hasta "normal" que los instantes de
desasosiego, lágrimas y decepción se repitan en las mismas horas y en idénticas
jornadas con la tranquilidad que producen los reveses asumidos tiempo antes.
Decía un filósofo grecolatino que "en las desgracias hay que acordarse del
estado de conformidad con que miramos las ajenas".
Con todo ello, conviene recordar que el barrido
climatológico de los últimos años ha sido brutal, tan es así que no ha habido
jornada alguna expedita del líquido elemento desde el año 2001 y casi ninguna
hermandad ha podido esquivar la Cruz de los porcentajes e incluso la virulencia
de los aguaceros. Una verdadera penitencia. De Domingo de Ramos a Domingo de
Resurrección. La cosa además enerva aún más cuando en estos días de resaca (en
plena época, no olvidemos, de Semana Santa) están las playas a reventar de
guiris buscando un moreno de espeto de sardina. Dos semanas llevamos sin que se
adivine en el horizonte una sola nube atemorizante.
La edición del Jueves Santo sevillano de 2008 fue casi un
calco que la del año anterior. Sólo Montesión y Pasión saldaron sus deudas
procesionistas pudiendo escapar con respecto al 2007 de los rigores
climatológicos. Es lo que tiene la amplia horquilla horaria de las jornadas
procesionales de la capital hispalense. Desde las 3 del mediodía hasta las 9 de
la noche pueden pasar muchas cosas como de hecho ocurrieron en sentidos muy
diversos. Y todo ello sin incluir la Madrugada.
Volvieron a repetirse instantes cuasi funestos en la antigua
Fábrica de Tabacos que desde hace poco tiempo ha cogido lo de Antigua con
mayúscula. Nos quedamos otro año más sin contemplar la elegancia supina de la
Victoria Dolorosa al llegar al centro desde ese otro puente dándole el sol de la
tarde en la tez restaurada por Gutiérrez Carrasquilla. La delicia se quedó muda
en el bullicio de la Capilla sin más crujir de orfebrerías que el de las
insignias regresando a su altar de exposición. El aguacero de la sobremesa
impidió plantear cualquier salida retardada. A pesar de las buenas intenciones.
Con la seguridad de que el tiempo acabaría mejorando como de hecho así fue.
Pero son los contratiempos de salir temprano. Son los rigores del reloj con los
que también se manejaron en la Ronda para dejar los pasos de Los Negritos en el
templo y con los que trató de jugar cautelosamente la Exaltación en su
provisionalidad de los Terceros sin dejar de mirar de reojo al recién
restaurado (y aún no finalizado) Cristo Exaltado junto a los afamados y dóciles
Caballos. Las Lágrimas de la Virgen fueron acompañadas por el desconsuelo de
sus hermanos.
En la calle Feria, sin embargo, la sangre no llegó al río.
El frente borrascoso había arrechado su cola como cuando Paleteiro recoge el
manto del Rosario con puntaditas de amor y de ternura. Y la noticia corrió como
la pólvora por el disparadero de las ondas.
Montesión sale. Al fin una que no repite año de martirio. Y
se nota cuando la fortuna sonríe, pues ésta siempre juega a favor de una mente
preparada, para que la hermandad que la aprovecha se llene de cada recodo de su
itinerario. Vaya como se "bebió" Trajano la corporación blanquinegra buscando
cuanto antes la Campana de la tranquilidad para recuperar parte del tiempo
perdido. Salvados por la campana.
A la vuelta fue otra cosa. Con la mesura de saberse a salvo
y con la ansiedad de sentir que todo había pasado muy rápido llegaba la hora de
darse un buen lote con la memoria de Sevilla. Se recordará del Jueves Santo
2008 el regreso espiritual y casi anónimo por María Coronel y el Palacio de las
Dueñas con la Duquesa, sin los micros esperando noticias anunciadas.
Espectacular el deambular del paso de palio de la Virgen del Rosario por la
estrechez de Feria en su regreso a casa cuando los primeros tambores de la
Macarena cruzaban la frontera invisible que divide la tarde recta, de los
rituales de la Madrugada.
Pasión también salió y esa era la noticia que eclipsaba, en
cierta manera, la buena nueva de la vuelta al Salvador. Que bien irían las
cosas si todo se hiciese con la prestancia con que se ha restaurado el
Salvador. "Nosotros no somos la Amargura". Es verdad. Al menos aquí la
"desarmá" se produce pasada la Pascua. Otra vez la rampa. Y otra vez un suspiro
de alivio que exhalaron los sevillanos en el reencuentro con esa Semana Santa
perdida a favor de otra desordenada, aturdida y sin rumbo, en que parecía
haberse sumido desde los caóticos desenfrenos de la Madrugada de 2000. No se
extrañen que en unos años pululen sms masivos con la máxima: "Hagamos bulla en
el Salvador. Salvemos la Semana Santa". Pero de momento no hace falta. En
Alemanes la imponente canastilla argéntea de Cayetano González hizo un
requiebro de orgullo para poner al Señor de Montañés en dirección a su Casa,
dando la espalda a la Giralda después de rendirle pleitesía. Con la Merced se
igualó el personal en fila india en las aceras de una emoción lacerante. Pero
en cada uno de nosotros había un siseo de la marcha de Turina. Aunque no quisiéramos
levantar la voz. Pero pudimos imaginarlo y emocionarnos. A veces no hay razón
para justificar las cosas. Porque a esta sí y a la otra no. A veces las cosas
son cuestión de sentimientos. Y en los aledaños de la Catedral se respiraba
unanimidad. Pero es que la razón acabará por tener razón. Si la razón hace al
hombre, el sentimiento lo conduce.
Al Valle la elegancia no se la dieron las personas. No hacen
faltas grandes despliegues a los que les sobre fastuosidad. La tendencia a
intentar la innovación fácil no deja de ser una concesión a la precipitación y
a la tosquedad. El paso de los "espejitos" es el mismo que el que concibieron
nuestros abuelos. El Nazareno con la Cruz al Hombro tiene sencillez hasta en su
advocación. No buscaron rimbombancias absurdas que distorsionasen la veracidad
de su mensaje. A la Virgen del Valle no le bordaron el palio grandes maestros
de la hojarasca y los roleos. La elegancia siempre es cuestión de esqueleto. El
bruto siempre se adorna sin sentido. El único que entendió esta encíclica de formas armoniosas fue Vicente Gómez
Zarzuela. Por eso pudo ser el sastre que vistió al esqueleto con notas sublimes
de pentagramas exactos. Sin estridencias. Sin alharacas. Sin inventos. Puso
música al mensaje. Banda sonora a la perfección según Sevilla como Font con la
Amargura. Y así se recogió un año más, tal y como salió, y así por muchos
siglos.
La Quinta Angustia, por su parte, hizo estrecha la
inmensidad de la Plaza de la Magdalena. La cruz velada volvió a hacer como si
no se enterase de nada. Dos años van en que ni sienten ni padecen los rigores
comentados. Pero hubo solidaridad, eso sí, con las que no fueron privilegiadas.
Y que mejor gesto de confraternidad que dando ejemplo en la calle ensalzando
las virtudes personales que atestiguan sus valores. En cada paso largo del romántico
Misterio hubo un poquito de Dolor del Señor de Azotes y Columna más allá del río.
En cada levantá a pulso "aliviao" hubo homenaje al exótico palio de Guadalupe y
en cada secuencia indomable de cirios al cuadril en el retorno de la marcha se
intuyó un recuerdo para el cierre de Santa Catalina y el destierro de sus Imágenes
y cofrades. Hace unos años fui a buscarla expresamente a uno de los afluentes más
bellos de la calle Zaragoza: Doña Guiomar. Aún no he tenido la posibilidad de
volver a intuir esa misma belleza que respira santidad. Curioso resulta
comprobar como las mismas hermandades no son las mismas según que enclave.

LA MÚSICA DEL JUEVES SANTO: El pentagrama de uno de esos
Jueves que brillan más que el sol fue llenado de profundas y bellas grafías
musicales entre las que pueden destacarse:
El Señor de la Oración en el Huerto con "Señor de San Román"
de Emilio Muñoz Serna por la calle Trajano interpretada por la cada vez más
conjuntada Agrupación Musical de Nuestro Padre Jesús de la Redención.
Nuestra Señora del Rosario arribando a su capilla con "Reina
de Triana" de José Miguel López Rueda y "Pasan los Campanilleros" de Manuel López
Farfán interpretada por la convincente Banda de Música Municipal de la Puebla
del Río.
Nuestra Señora del Valle con su marcha compuesta por Gómez Zarzuela y "Valle de Sevilla" de José de la vega. Alfa y Omega musical en la
historia de la corporación de la Anunciación.
DETALLES: La quietud expositiva, bella y sugerente, de los
pasos que no pudieron salir en los Negritos, la Exaltación y las Cigarreras.
Los pies descalzos de los nazarenos de los Negritos tratando
de esquivar importantes bolsas de agua en la Ronda de Capuchinos.
La apertura deseada de la capilla de Montesión que anunciaba
la llegada de un nuevo Jueves Santo.
El protagonismo de la rampa del Salvador ante el transitar
de la segunda hermandad. Menos bullicio que el Domingo de Ramos, vallas y la
noche cerrada.
La vuelta desconocida y sugerente de Montesión por San Juan
de la Palma.
El Valle surcando el camino fijado por las cadenas de la
catedral antaño límites jurisdiccionales entre la Iglesia y el Cabildo
Municipal. El Valle sí que ejerció brillantemente su jurisdicción.
La Salida por segundo año consecutivo de la Quinta Angustia
entre bullas insospechadas.