Cuando hace unas semanas se repitió el rito de la salida
milimétrica de la Archicofradía de las Penas se vio al Obispo de los Pobres
desde su palco privilegiado del arco de medio punto derramar una lágrima
escondida que acabó fundida para siempre en la alfombra suave del monte de
claveles del Crucificado de la Agonía que a su vez, pareció desenclavar un
brazo para consolar tamaña tristeza porque San Julián ya no tendrá a quien
rezarle en su casa ni a quien contar su andanzas en defensa de los mas
desfavorecidos como siempre había hecho desde hacía años incluso siglos.
Por un momento pareció bajar de su púlpito callejero para
arrimar el hombro en la cola de un varal con sabor a despedida en la última
primera levantá en la calle Nosquera. Atento a la campana que tantas veces
escuchó desde que levantaban aquellos toldos junto a las paredes de la Iglesia,
pegó el oído al acero para deleitarse con el crujir de la madera cuando se
producía un primer movimiento sobrio y elegante como si hubiesen chocado dos
placas tectónicas emergiendo de tal fenómeno una fecunda realidad cofradiera
difícilmente superable en belleza.
Los saltimbanquis que ya poblaban el "muro de las
lamentaciones" esta vez guardaron un silencio especial. Los periodistas, micrófono en
mano, despejaban sus dudas informativas narrando un momento que hasta este año
había venido siendo repetido y poco original. Este año había noticia mas allá
de la plasticidad elocuente que producen los milagros imposibles, los que no se
imaginan con las puertas cerradas después de una tarde de cultos y los que sólo
caben en las voluntades y cabezonerías de algunos miembros de esta corporación
que quisieron desafiar las leyes matemáticas y la falta de previsión cofradiera
de los arquitectos del Siglo XVII. Sin duda, era la noticia del adiós.
Tras ese delicado momento llegó el principio del fin. Del fin de una
parte importante, quizás decisiva, de la historia de la Hermandad de las Penas,
que no ha querido siquiera dejar en el zaguán del olvido de la Iglesia de San
Julián el legado de la Archicofradía de la Santa Caridad que ahora seguirá
vigente absorbida en su título canónico pero plenamente activa en el
cumplimiento de sus fines benefactores y caritativos.
Cuando hace unas semanas salió la hermandad de las Penas pareció
como si surgiera un leve sentimiento de contrición en los integrantes de la
procesión. La ilusión de la construcción de un nuevo sueño, la felicidad por
ver cercano el momento de partir a una nueva Casa, por primera vez se tornó en
una cierta pesadumbre en los que, en buena lógica, aun guardan ciertos
sentimientos de apego y cariño hacia un templo que ha sido algo mas que cuatro
paredes frías y monumentales. A pesar de las dificultades propias de la
convivencia con otras instituciones. A pesar de las reducidísimos espacios para
hacer hermandad y para crecer como cofradía. Con todo ello San Julián
permanecerá en los recuerdos de tantos y tantos niños que crecieron jugueteando
bajo el Manto de flores de la Virgen para darse de bruces con la delantera de
su trono, quietos, ante la impactante mirada de su Madre de las Penas, mientras
el padre de turno subido a las andas les exigía respetuoso silencio.
Pero había que avanzar hacia delante. Como así lo hizo el
Señor a los sones de "Cristo del Amor", parsimonioso y elegante como siempre,
llevado por sus hombres de trono camino de la Catedral a cumplir con la anual
Estación penitencial. Y todos los momentos se vivieron de una manera especial.
Con sabor a despedida. Como un punto de inflexión en el devenir de la cofradía
que buscará nuevos derroteros, físicos y espirituales, en dirección a Pozos
Dulces. Una encrucijada de caminos históricos derruídos y olvidados por la
sociedad malagueña. Un lugar con sabor añejo donde rezuma un silencio
lacerante. Un enclave con un significado especial por hallarse en sus aledaños
distintas instituciones de beneficencia donde la cofradía dejará en parte la
formalidad de los ropajes de servidores y la extrema delicadeza de sus detalles
procesioneros para remangarse la camisa con el delantal puesto como hábito
penitencial de la Archicofradía de la Santa Caridad en esa otra labor más
oscura pero agradecida.
Dentro de escasos meses se producirá el último adiós. Y dentro de un
poco más de un año los escenarios serán muy distintos. Ahora mismo
inimaginables. El futuro se presenta alentador. Se producirán secuencias
arrancadas de Semanas Santas de otros tiempos. Pozos dulces será un vivero de
gentío impaciente por degustar nuevos momentos. Como hace algún tiempo ya se
descubrieron otros y quedarán grabados en las retinas de los rostros
hieráticos.
La casa de todos pronto se erigirá en tierra fértil en el
que todos deberemos sembrar nuevamente nuestras ilusiones para convertirlas en
realidades palmarias con objeto de dirigir el rumbo hacia la consecución de
nuevos objetivos. Con la tranquilidad de saberte en casa. Con la serenidad de
poder acometer proyectos no hipotecados por imposibilidades que ya se hacían
eternas. Pero con el recuerdo emocionado del que siempre será nuestro templo en
la calle Nosquera y por el que seguiremos pasando cada año como testimonio de
nuestra gratitud. Para que San Julián pueda seguir bajando de su púlpito
privilegiado y arrime el hombro en esa chicotá de regreso. De regreso a casa, a
Pozos Dulces, pero mirando de reojo, mirando atrás, cuando surquemos entre una
nube de incienso el sabor añejo de un lienzo de muralla.