martes, 25 de marzo de 2008
La Paz en la Puerta del Arenal

Paladear un Domingo de Ramos en la ciudad de Sevilla es como llegar con intenciones desmedidas a una visita museística por la mejor y mayor pinacoteca del mundo y acabar a la hora del cierre, "embotado" y "embobado" de tanta obra de arte sin solución de continuidad con el resultado esperado de no haberlo visto todo. Los primeros cuadros son los que son capaces de llegar a transmitir todo su esplendor mientras que conforme transcurre el tiempo y la visita, la capacidad de asimilación se diluye proporcionalmente a la cantidad de lienzos almacenados en la retina humana. Y para colmo de males los mejores siempre están al final. La sensación, llegado ese punto de no retorno, es contradictoria. Eres consciente de la magna obra que tienes delante pero te sientes frustrado por no poder embeberte de esa belleza plástica como quisieras, rogando al tiempo que se detenga para siempre, mientras sientes una ansiedad fastidiosa porque probablemente no volverás a estar en la misma situación al menos por un tiempo prudencial.

Así las cosas, afrontar un Domingo de Palmas sevillano donde las cofradías se suceden, los momentos transcurren mientras estás en otro sitio y sabes que aún la omnipresencia no es un don humano; lo mejor es no atragantarse con ese manantial inagotable de agua pura de señorío cofradiero. Se acabaron los tiempos de correr y callejear para alcanzar "in extremis" revirás empezadas y público apostado muchos minutos antes.

El Domingo de Ramos no se disfruta en estos tiempos que corren de año en año, sino quizás y no es ninguna locura decirlo, de bienio en bienio. Siempre que el tiempo lo permita. Contemplar en todo su esplendor las 9 realidades cofradieras es una absoluta quimera a no ser que pases por alto las pausas necesarias para el avituallamiento y el descanso; y como antes decía, te conformes con traseras de palio en los momentos finales de una curva aparatosa o afines el oído en decimosexta fila para intentar imaginar momentos deliciosos a los que has llegado inevitablemente tarde.

Llegada una edad y con una cierta experiencia conviene pegar bien los morros al chorro de las esencias y beber sorbito a sorbito. Y aun así, creánme ustedes, que llegando la madrugada con el Amor en Alemanes y la Amargura en Sor Ángela, la sed cofradiera ya se habrá saciado con las primeras del día y será entonces cuando nos sobrevenga esa sensación angustiosa a la que antes hacía alusión, mientras se oye el Silencio del Cristo del Amor con la majestuosidad de la Giralda al fondo y las palilleras de la banda de Triana cuando el Herodes gana centímetros por las estrecheces del Convento. El año que viene habrá que paladearlo de ida.

Por eso mi Domingo de Ramos siempre alcanza su momento cenital cuando la Victoria de la tarde se echa sobre los hombros del Señor del Porvenir seguido por una Paz que transmite la delicadeza de las cosas bien hechas. Y no hubo lágrimas pero casi. Aunque no había voluntad de repetir. Pero las intenciones de ver bajar la Borriquita por la "rampla" del Salvador, no se quedaron mas que en propósitos iniciales señalados en el programa. El año que viene será. Hubo sosiego en mi interior cuando aquel candelabro de cola tintineante embocó Castelar después de dos chicotás de ensueño de Misterio y Palio de advocaciones efímeras. Como efímeras fueron las sensaciones que vivimos en la "Puertalarená", que siempre cita el Pregonero. Pero grandioso y sublime otro año más. Con las ganas sin estrenar y las fuerzas intactas.

También fue pleno Domingo de Ramos en la cita castiza de la Hiniesta cuando enfila Trajano, tras una revirá en blanco y negro de boinas caídas en la banda del Arahal, con el Cristo de la Buena Muerte. Como henchida fue la desembocadura de la Virgen apresurada por Correduría con algunas miradas mas pendientes de Monteseirín que solicitaban su atención con guasa sevillana.

Para gozos del Domingo de Ramos, los de la llegada a Sevilla de la primera de Triana en la tarde que caía por el Aljarafe. Izquierdos antológicos del Misterio de las Penas en la Plaza de la Magdalena, palquillo imaginario de las cofradías del arrabal, control horario de tantas ilusiones e incluso frontera infranqueable para alguna corporación desbaratada por la lluvia que no falla.

Pero no hubo ni tiempo para esperar al Palio porque el reloj apretaba en la primera jornada y el Despojado ya regresaba al compás de la Laguna con su cruz de guía puntualmente plantada en las estrecheces del Arenal. En la encrucijada de Rodó con el Real de la Carretería se intuyó la primera lección magistral de la cultura del centímetro, un legado fabuloso de las semanas santas de otro tiempo que se está perdiendo en beneficio de otros enclaves con mas fama pero a todas luces menos bellos. Y todo fue igual de delicioso que la Sagrada Cena surcando el dédalo de callejuelas que forman Odreros, Boteros y Sales y Ferré, con las tres estampas distintas y sugerentes, con la armonía de Cigarreras acompañando al colosalismo de la Institución, con el delicado conjunto vocal acariciando al diminuto Cristo Paciente y la elegancia romántica de las notas de Tejera tocando (fíjense la contradicción) una Saeta Sevillana a la Virgen del Subterráneo imaginando un Cachorro por el Puente.

Y así prosiguió el Domingo por todos esperado. Anticipo de la primavera más gozosa. Con San Roque por la Cuesta del Rosario y el Palio de la Estrella cruzando la Avenida para adentrarse en el Postigo de su despedida de Sevilla. Con olor a patatas fritas recién hechas de la Juana. Con sabor a especias y otros géneros de las Américas almacenadas en las Atarazanas. Con los destellos del dorado refulgente el paso de misterio de las Aguas en la capilla del Dos de Mayo. Impaciente. Lleno de flores nuevas que venían a reponer el jardín moribundo de los pasos del Domingo de Ramos de Sevilla.

Y como colofón a ese genial muestrario de lienzos magistrales, las hermandades del Amor y la Amargura. Para ello nos abrieron en la penumbra la "Sala de los Estados" donde se alzaba majestuosa la pureza y la sevillanía de la Amargura en su paso de palio. En el Louvre  callejero sevillano que desplazó a Leonardo con su archiconocida Gioconda. Con la poesía musical que describiera Abel Moreno mientras imaginaba la "Madrugá" de Sevilla antes de perderse en el portalón de las monjitas que son las que la arrullan en su Dolor letífico.

La visita acabó donde tenía que acabar. Con un último vistazo a la Sala XII del Museo del Salvador mientras una de las Meninas de Velázquez se arrancaba a cantar una saeta al portentoso Crucificado de Juan de Mesa derrochando la sevillanía propia de su inspirado pintor. Lástima que para entonces eran intensos los primeros dolores de cintura y los pies tiernos tuvieran las primeras secuelas de los estrenados zapatos del Domingo de Ramos. Quizá el año que viene haya que empezar la visita por el final. El Amor y la Amargura merecen una pausada delectación.

Tags: semana santa sevilla, crónica

Publicado por Desconocido @ 14:41  | Sevilla
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