
Paladear un Domingo de Ramos
en la ciudad de Sevilla es como llegar con intenciones desmedidas a una
visita museística por la mejor y mayor pinacoteca
del mundo y acabar a la hora del cierre, "embotado" y
"embobado" de tanta obra de arte sin solución de continuidad con el
resultado
esperado de no haberlo visto todo. Los primeros cuadros son los que son
capaces
de llegar a transmitir todo su esplendor mientras que conforme
transcurre el
tiempo y la visita, la capacidad de asimilación se diluye
proporcionalmente a la
cantidad de lienzos almacenados en la retina humana. Y para colmo de
males los mejores
siempre están al final. La sensación, llegado ese punto de no retorno,
es contradictoria. Eres consciente de la magna obra que tienes delante
pero te
sientes frustrado por no poder embeberte de esa belleza plástica como
quisieras, rogando al tiempo que se detenga para siempre, mientras
sientes una
ansiedad fastidiosa porque probablemente no volverás a estar en la
misma
situación al menos por un tiempo prudencial.
Así las cosas,
afrontar un Domingo de
Palmas sevillano donde las cofradías se suceden, los momentos
transcurren mientras estás en otro sitio y sabes que aún la
omnipresencia no es un don
humano; lo mejor es no atragantarse con ese manantial inagotable de
agua pura de señorío cofradiero. Se acabaron los tiempos de
correr y callejear para alcanzar "in extremis" revirás empezadas y
público
apostado muchos minutos antes.
El Domingo de Ramos no se
disfruta en estos tiempos que corren de año en año, sino quizás y no es ninguna
locura decirlo, de bienio en bienio. Siempre que el tiempo lo permita.
Contemplar en todo su esplendor las 9 realidades cofradieras es una absoluta
quimera a no ser que pases por alto las pausas necesarias para el
avituallamiento y el descanso; y como antes decía, te conformes con traseras de
palio en los momentos finales de una curva aparatosa o afines el oído en
decimosexta fila para intentar imaginar momentos deliciosos a los que has
llegado inevitablemente tarde.
Llegada una edad y con una
cierta experiencia conviene pegar bien los morros al chorro de las
esencias y
beber sorbito a sorbito. Y aun así, creánme ustedes, que llegando la
madrugada con el
Amor en Alemanes y la Amargura en Sor Ángela, la sed cofradiera ya se
habrá
saciado con las primeras del día y será entonces cuando nos sobrevenga
esa sensación angustiosa a
la que antes hacía alusión, mientras se oye el Silencio del Cristo del
Amor
con la majestuosidad de la Giralda al fondo y las palilleras de la
banda de Triana cuando el Herodes gana centímetros por las estrecheces
del Convento. El año que viene habrá que
paladearlo de ida.
Por eso mi Domingo de Ramos
siempre alcanza su momento cenital cuando la Victoria de la tarde se
echa sobre los hombros del Señor del Porvenir seguido por una Paz que
transmite la delicadeza
de las cosas bien hechas. Y no hubo lágrimas pero casi. Aunque no había
voluntad de repetir. Pero las intenciones de ver bajar la Borriquita
por la "rampla" del Salvador, no se quedaron mas que en propósitos
iniciales señalados en el programa. El año que
viene será. Hubo sosiego en mi interior cuando aquel candelabro de cola
tintineante
embocó Castelar después de dos chicotás de ensueño de Misterio y Palio
de
advocaciones efímeras. Como efímeras fueron las sensaciones que vivimos
en la "Puertalarená",
que siempre cita el Pregonero. Pero grandioso y sublime otro año más.
Con las ganas sin estrenar y las fuerzas intactas.
También fue pleno Domingo de
Ramos en la cita castiza de la Hiniesta cuando enfila Trajano, tras una
revirá en
blanco y negro de boinas caídas en la banda del Arahal, con el Cristo
de la
Buena Muerte. Como henchida fue la desembocadura de la Virgen
apresurada por Correduría con algunas miradas mas pendientes de
Monteseirín que solicitaban su atención con guasa
sevillana.
Para gozos del
Domingo de Ramos, los de la llegada a Sevilla de la primera de Triana en la tarde
que caía por el Aljarafe. Izquierdos antológicos del Misterio de las Penas en
la Plaza de la Magdalena, palquillo
imaginario de las cofradías del arrabal, control horario de tantas ilusiones e
incluso frontera infranqueable para alguna corporación desbaratada por la
lluvia que no falla.
Pero no hubo ni tiempo para
esperar al Palio porque el reloj apretaba en la primera jornada y el Despojado
ya regresaba al compás de la Laguna con su cruz de guía puntualmente plantada en las estrecheces del
Arenal. En la encrucijada de Rodó con el Real de la Carretería se intuyó la primera lección magistral
de la cultura del centímetro, un legado fabuloso de las semanas santas de otro
tiempo que se está perdiendo en beneficio de otros enclaves con mas fama pero a todas
luces menos bellos. Y todo fue igual de delicioso que la Sagrada Cena surcando el dédalo de
callejuelas que forman Odreros, Boteros y Sales y Ferré, con las tres estampas
distintas y sugerentes, con la armonía de Cigarreras acompañando al colosalismo
de la Institución, con el delicado conjunto vocal acariciando al diminuto Cristo Paciente
y la elegancia romántica de las notas de Tejera tocando (fíjense la contradicción) una Saeta Sevillana a
la Virgen del Subterráneo imaginando un Cachorro por el Puente.
Y
así prosiguió el Domingo
por todos esperado. Anticipo de la primavera más gozosa. Con San Roque
por la
Cuesta del Rosario y el Palio de la Estrella cruzando la Avenida para
adentrarse en el Postigo de su despedida de Sevilla. Con olor a patatas
fritas recién
hechas de la Juana. Con sabor a especias y otros géneros de las
Américas
almacenadas en las Atarazanas. Con los destellos del dorado refulgente
el paso de misterio de las Aguas en la capilla del Dos de Mayo.
Impaciente. Lleno de
flores nuevas que venían a reponer el
jardín moribundo de los pasos del Domingo de Ramos de Sevilla.
Y
como colofón a ese genial muestrario de lienzos magistrales, las
hermandades del Amor y la
Amargura. Para ello nos abrieron en la penumbra la "Sala de los
Estados" donde se alzaba majestuosa la pureza y la sevillanía de la
Amargura en su paso de palio. En el Louvre callejero sevillano que
desplazó a Leonardo con su archiconocida Gioconda. Con la poesía
musical que describiera Abel Moreno mientras imaginaba la "Madrugá" de
Sevilla antes de perderse en el portalón de las monjitas que son las
que la arrullan en su Dolor letífico.
La visita acabó donde tenía que acabar. Con un último vistazo a la Sala
XII del Museo del Salvador mientras una de las Meninas de Velázquez se
arrancaba a cantar una saeta al portentoso Crucificado de Juan de Mesa
derrochando la sevillanía propia de su inspirado pintor. Lástima
que para entonces eran intensos los primeros dolores de
cintura y los pies tiernos tuvieran las primeras secuelas de los
estrenados zapatos del Domingo de Ramos. Quizá el año que viene haya
que empezar la visita por el final. El Amor y la Amargura merecen una
pausada delectación.
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