Jueves de Pasión. El protagonismo se traslada a los barrios
que, a partir de mañana, se convertirán en escenarios insospechados de
pinceladas de tradición añeja. La Semana Santa ya no es cosa de núcleos históricos,
corporaciones de siempre y entornos monumentales. La ferviente manifestación
barroca recrea una Jerusalén distinta en calles anchas y rectilíneas que
cobijan a las imágenes empequeñecidas por los altos bloques de pisos. Pero allí
también hay embrujo. Y vítores y aplausos. Y música deliciosa. Cortejos
cargados de niños, portadores jóvenes, vecinos humildes y curiosos en los
balcones. "¡Esta es la Virgen del año pasado!" exclama una señora mayor. Y será
la del que viene, la del próximo, y la de sus nietos y biznietos.
Son el futuro inmediato de la Semana Santa de los próximos
años. Quien sabe si pasando a formar parte de la Nómina oficial; quien sabe si
trazando ilusiones en forma de largas rectas camino de la Catedral de los
sueños; quien sabe si rompiendo los esquemas temporales mas tradicionales;
quien sabe si buscando relevos y paso largo, estampando nuevos pasajes y
vistiendo de impolutos nazarenos a esos hombres y mujeres lejanos de residencia
pero cercanos de corazón.
Ay de quienes les pronosticaban fracasos estrepitosos! ¡Ay
de quien ahora se ríen de añoranzas legítimas, hazañas inverosímiles, cortejos
desordenados y andas prestadas!
Ahí están los primeros nazarenos del ejemplo, espejo del
sacrificio anual hecho penitencia. Ejemplo de labor social sin medios, con
escasos recursos, pero con infinitas ilusiones. De celebraciones internas sin
escenarios propicios, modernidades, escaso apoyo popular y alejado de todo círculo
capillita o curioso. ¡Ahora sí, llegan sus días grandes!