Semana de cuenta atrás. La ciudad sosegada y en calma de la
pluma precisa del Maestro Burgos se ha convertido en una locura colectiva por
llegar a tiempo. Aunque, todo hay que decirlo, a pesar de los nervios y las
prisas, se llega a tiempo, siempre se llega a tiempo. Hasta por el Museo,
ejemplo de maestría y de buen hacer, han tenido algún contratiempo desgraciado
que no va a tener más trascendencia que la de un breve paso por la "consulta"
de los expertos del accidentado Cristo de la Expiración. Son cosas que pasan. Y
demasiado pocas pasan. Gracias a Dios.
El tráfico rodado de estos días se ve comprometido con la
estrechura que provocan los palcos montados. Operarios por doquier. Trailers en
doble fila. Hierros en la calzada y damascos enrollados. Niñas ilusionadas con
los capirotes por la Plaza del Pan en Sevilla, por el Puente de la Aurora en
Málaga y por la calle Larga de Jerez. Ritos y reglas que se cumplen fieles a la
cita de estos días en todas las ciudades, tan distintas pero tan parejas.
Aparicio oliendo a torrija con miel mientras se oye el eco
sombrío de la megafonía de los Mártires que deja escapar incienso por la puerta
de su Plaza. Especias en Alcaicería, penitentes rectos en la Confitería de la
Campana. Pasitos en Quevedo en la Yerba jerezana con la Asunción silenciosa
porque por allí ya no pasan. Y celosa, como es lógico.
Traslados con bulla y banda en la ciudad del paraíso. Vía
Crucis sobrios entre naranjos en flor sin izquierdos por delante y música de
capilla en el Barrio sevillano de León. Subidas sobrias al paso en las
interioridades monumentales de las Iglesias jerezanas de la Reconquista. Incluso
a puerta cerrada en el paladeo mas íntimo de los momentos emocionantes. Contrastes
hermosos de las jornadas previas. Vivencias dispares en los últimos rescoldos
de Cuaresma.
Los centros se engalanan, los pregones se discuten, las
tertulias se animan, los músicos apuran, las túnicas se planchan, los puestos y
los cuadrantes se reparten, las agendas se reducen, los altares de insignias de
disponen, las iglesias se abren menos pero se las oye igual con la luz perennemente
encendida tras la puerta. Ya no hay parihuelas por las calles y los pocos
tinglaos que quedan por estos lares se levantan con la misma rapidez que las
Casas de Hermandad. Se extienden los faldones o se encajan los varales. Se
atornillan llamadores y campanas.
Todo hasta que pasen las noches céleres. Hasta que el
preludio se convierta en realidad. Hasta que la imagen furtiva de la tónica
apabullante de los últimos días se convierta en el gozo supremo de los sentidos
a flor de piel.
Hasta que no haya nadie a primeras horas en la humedad del
amanecer, cuando los quioscos amontonen las portadas del "ya está aquí" en sus bandejas.
Cuando amanezca el Domingo de Ramos de primavera sin primavera,
florecida sin ser su tiempo, con un mensaje muy claro:
Prohibido aparcar: "Paso de Cofradías".