
La Semana Santa de Málaga goza de buena salud. Buena cuenta de ello dan los nuevos y fastuosos estrenos ya contemplados en brillantes presentaciones con halagos literarios sacados de punto con los moldes que apuntaron los maestros, en esta serena y silenciosa Cuaresma que va engullendo los días con un instinto voraz e insaciable camino de las jornadas santas.
Cada año se perfilan más los detalles. Apenas quedan toldos en las callejas más recónditas de nuestro casco histórico donde, bien lo sabe Dios, se perdieron tantos años de brillantez procesional en la misma proporción en que se fue evaporando el brillo de los dorados y ennegreciendo el hilo del bordado del palio con las humedades tan propias de esta tierra. Hoy, no hay apenas cofradías sin crucetas musicales ni esquinas o mecidas de improviso. Ya no se llevan las avenidas anchas, las perogrulladas de grandes despliegues en vías de tres carriles. Las hermandades buscan entornos estrechos, las "carreras oficiales" de otro tiempo recuperadas para el procesionismo, e incluso nuevos enclaves insospechados, ganados por aquellas cofradías que reclaman la belleza del centímetro, el pañuelo árabe de callejuelas olvidadas en silencios penetrantes con cortejos exigüos, espartos, piedra, casapuertas y geranios colgados de macetas.
Los tronos han recuperado esplendores del pasado, vuelve a brillar la plata y la luz eléctrica ha dejado paso a la cera chorreá de las candelerías de nuevo cuño. Cortejos completos de enseres, menor tiempo de paso, mesura en la celebración, sinceridad y recogimiento en la meditación de la Palabra de Dios bajo las naves catedralicias que aún aguardan la incorporación de nuevas hermandades que rodeen su perímetro investido de sigilo y monumentalidad.
Las cosas están cambiando. Las salidas procesionales se mastican durante meses de preparación que nos dejan, en algunos casos, verdaderos regalos visuales envueltos con la textura agradable de los cualificados envoltorios. En la sombra de las casas de hermandad, los enseres brillantes atestiguan los duros días de limpieza y convivencia en el ejemplo de un coraje silencioso por ser admirados cuando los focos iluminen el protagonismo escénico de los momentos únicos.
Dentro de poco llegarán los primeros nazarenos a esa Alameda Principal que aún guarda una belleza ocultada bajo el desaprovechamiento urbano que no la deja lucir como debiera entre el caos de tráfico y los autobuses de la EMT estacionados en fila india. Cuando llega la Semana Santa, probablemente la mejor de las últimas décadas, vuelve a repetirse la estampa oscurantista de los palcos desvencijados de la desmemoria. Por no quedar ya no queda ni el célebre banco Zaragozano aunque si su conocida tribuna de sillas de colegio franquista con el Crucifijo presente y el estrado chirriante. Igual de incómodas que entonces.
Entonces regresan los viejos complejos. El río bravo del andar célere y los regustos cofradieros de los barrios antiguos en cauces estrechos se vuelve manso en la amplitud de la Alameda. Allí los nazarenos se pausan, se concentran hasta tres hermandades con otras tantas bandas de música que surcan los afluentes de los aledaños. La estación de penitencia se convierte en un desfile hasta para la hermandad más perfeccionista. De orilla a orilla cruzan los niños ávidos de “pescar” cera en los parones nazarenos. La televisión retrata una imagen oficialista y engañosa de la actual Semana Santa, quizá la misma que se televisaba cuando empezaba el color y no había “cabezas calientes”.
La música apenas se escucha, los detalles se pierden, las miradas se entrecruzan y suenan campanas detrás y delante de los palcos. Una pena. La función se distorsiona. La oferta escénica de las hermandades se reduce al mínimo por la imposibilidad de hacer suya la calle por la que transita. Mucho tiempo masticando la salida procesional para desesperarse en la Alameda y acelerar el ritmo a fin de entrar cuanto antes en la Larios recuperada. Y la rotonda del Marqués. Con las corrientes martirizantes que provienen del Puerto. Aire y frío. Apagón de cirios y candelerías cuando las curvas nunca se dan perfectas.
Es una verdadera lástima. Todo vuelve a tener elegancia cuando entra en escena la peatonalizada Larios sin luminosos, con las fachadas realzadas por el damasco burdeos de los reposteros de filigrana. Farolas fernandinas y macetas que quieren ser también exornos florales de misterios y Palios. De nuevo vuelve a correr el río camino de la Tribuna, oxigenando el fervor de los portadores y el público más callado, sin aguas estancadas, sin mansos desfiles, con orgullo corporativo.
Es claro que nuestra Semana Santa avanza presta por las calles que saben valorarla. Nuestras cofradías disfrutan los entornos que son los propicios para crear contrastes bellos, estéticos, pero sobre todo respetuosos. En los que la comunión público hermandad sea completa. Y en eso falla la Alameda, a pesar de su arboleda, a pesar de su pasado glorioso, quizás por el desaprovechamiento espacial, por los palcos desvencijados, por la carencia de vallas, por el olvido de la Agrupación, por los cruces, por la mansedumbre de las hermandades a la hora de transitar por ella. Un cúmulo de factores que hacen que el que fuera el Paseo Nuevo, albergador de tantos y tantos eventos ciudadanos, hoy sea una mera caricatura de lo que fue, sin Carrozas del Corpus novecentistas y con maremágnums evitables, confusos y sobre todo fríos muy fríos.
Tags: semana santa, Málaga