La noche era propicia para saborear ese regusto que proporcionan las oportunidades únicas, los eventos que por su carácter dan lugar a disposiciones escénicas que demuestran cuando las hermandades son capaces de adaptar sus instintos y rasgos idiosincrásicos a los requerimientos ocasionales, las efemérides de excepción adquiriendo ese otro protagonismo menos espectacular pero más íntimo, más solemne y menos recreativo.
Pero la noche pasó como si nada con la humedad reinante y las persianas bajadas. Es cierto que Quizás no sea tiempo aún de anhelos cuaresmeros y que por eso el público no acompañó en exceso en el primer envite del año cuando aún no se nota el resuello de la inminente Semana Santa ni los carteles empapelan los escaparates en cada esquina.
Todo ello es cierto.
Aún así la noche fue fría en cuanto al diálogo de la escena con el curioso contemplador, algo que ya se intuyó desde que el cortejo salía del Patio de los Naranjos y se mezclaba con los espectadores contagiándose del espíritu del “vaya procesión mas inoportuna”.
Faltó alma y pellizco; ese que produce lo inexplicable cuando se sigue un orden, un concierto, un canon; realmente no tuvimos claro ni el fin, ni las formas. Ni ellos lo tuvieron. Y el diálogo se acabó cuando se abrió la noche en la última Estación al abrigo de las naves catedralicias. La vuelta a casa desorientada, excesivamente larga y somnolienta terminó por despertar bostezos perennes. El año pasado sí y este no. Y no me vale aquello de que el Calvario “es más triste”. No es una cuestión de tristeza.
Tampoco es cuestión de misticismo. Ni de la búsqueda del placebo de los que anhelan en negro rouan las inquietudes mas inverosímiles. Simplemente se trataba de acertar con los colores de la paleta a fin de lograr plasmar la realidad del escenario y pintar con pincel adecuado la minuciosidad que requiere el detalle. Anoche se le escapó a Fusionadas la oportunidad de presentar su mejor obra y empleó la brocha gorda en el lienzo privilegiado que le aportó la Agrupación en el primer viernes de Cuaresma, anticipo de las grandes tardes de gloria.
Anoche no hubo runrún de fusiles al aire ni elementos extraños a que achacar vergüenzas. Tampoco intereses ajenos ni descoordinación. Ni portadores cansados, parones de Carretería y retrasos justificables. No había, por tanto, excusas. Anoche estaba todo en las manos de quienes debían haber cuidado hasta el mas mínimo detalle y la cosa quedó a medio gas. No sabemos si por descuido o desconocimiento. No se exigían grandes peripecias ni despliegues fastuosos.
Ayer sólo brilló el Señor, al que la hace falta muy poco para lucir especialmente, y la banda que lo acompañaba, que volvió a recordar parte de lo que fue, en esencia y en espíritu. No sonó bien, para qué engañarnos. Falta gente y calidad. Pero se ha conseguido lo más difícil, que es recobrar el alma y la pureza de aquel sueño trenzado con plumas rojas hace mas de 25 años. El sello grabado con la estampilla indudable y recuperada por quienes de verdad saben de qué va esto, porqué es lo suyo. Y no era el evento apropiado para volver a decir: "Ya estamos de vuelta". Aunque lo dijeron y bien alto. Y la Málaga cofrade que lo agradece.
Ayer también salió la Sentencia en el San Gil más populoso, con Coral polifónica y sobrios guardabrisones. Sin capas ni Centurias, cornetas ni tambores. En Vía Crucis claro. Y las comparaciones son odiosas. También. Pero mas claro agua.
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