Anoche fue como el retumbar rotundo de las campanas de la Iglesia de San Pedro en las estrecheces olvidadas de su plaza, pasto de la piqueta inquisidora del despropósito urbanístico de tiempos añejos, cuando se abrían las puertas grandes de los momentos únicos, de las colas de fieles, de las jarras de lata con claveles mustios, de sabor de cera chorreada sin bordados lustrosos y negro luctuoso en su Viernes de Dolores. Estampas de otro tiempo.
No estaba preparado para nosotros, ni para los que, bien habidos, pretendían musitar siquiera una oración tras un largo compás de espera. Quizás las autoridades, los estrechones de mano y los guiños complacientes debieran ser atendidos en primer lugar. Pero no pudo ser. La noche brillaba de un modo tan especial que cuando casi iban a dar las nueve ya se intuía en las ventanas cerradas de la Aurora y la calle Ancha que había vuelto la Moradora más antigua del barrio. Nadie pudo esperarse al día siguiente ni a que se abrieran las puertas del templo con altares preparados, la capilla dispuesta y la rutina recuperada, para acercarse a testimoniar su regreso, a contemplarla sin retablos argénteos, sin catedrales andantes o rectitudes solemnes, músicas fervientes, madrugadas cansadas de amaneceres tan distintos.
Anoche volvió a oler a barrio antiguo en los Percheles de la memoria. Allí donde ya no huele a salino en las paredes, donde ya no ondean ramas de álamos robustos de ribera, donde las casapuertas yacen a los pies de los efluvios de tres carriles y mastodontes comerciales. El tiempo que pasa y esculpe ennegrecido los designios de los arrabales malagueños que también se llevan por delante los instintos tradicionales de sus gentes ha estado también moldeando a su gusto los rostros de las tallas de Semana Santa.
Quizás de barrio ya no quede ni el espíritu, de recuerdos de carretas recorriendo adoquines con sonido antiguo tampoco quedan ya ni fotografías en blanco y negro. Pero si que queda su Virgen de los Dolores ante las acometidas del tiempo y la desmemoria. Si que queda el rostro temprano de la madurez lograda.
Por eso era momento de utilizar la modernidad para lo bueno, aun privando a sus fieles de su presencia con tal de quitarle unos cuantos Dolores a los Dolores. Dolores que son los de sus Hijos humildes muriendo en el olvido. Dolores de cabeza por los derribos y los edificios levantados a sus puertas. Dolores de su Barrio separado de raíz por la cicatriz, que no es precisamente el Guadalmedina como algunos dicen. Dolores de los avatares del 31 y del 36, llorando en una maceta las barbaridades que cometían los que la rezaban años atrás en la soledad de uno mismo.
Ha vuelto la Virgen tal y como la concibieron en el Siglo XVIII y por eso anoche sonaron las camapanas invisibles de la memoria. Pero no de la nuestra ni de los más viejos. No hay recuerdos de esta estampa, ni de este rostro porque ya hace muchos años que el tiempo viene haciendo de las suyas con su gubia incesante. Anoche sonaron las campanas de un barrio que la vio erigirse en Alcaldesa Perpetua de su Alma, alma perchelera, alma de sus gentes, que siempre permanecen invisibles pero que ahora gritan para convocar la llamada que son las que la recuerdan, cuando llegó de la Catedral, cuando los sastres fundaron las hermandad entre bobinas y telares, cuando había otras cosas que pedirle.
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