ASI LE CANTA EL POETA
La Virgen, la Soledad
¡qué bulería de palio!
reina en Jerez y embellece
lo santo del Viernes Santo
como luciérnaga viva
poniendo lo negro en claro
en la noche tachonada
de luceros y rosarios,
recorrida por el aire
que muere resucitando.
Me gustaba observar su mirada constreñida por ese dolor virgíneo reflejado en la oscuridad de un Templo nocturno que se no se construyó para albergarla. Pero debía de estar cómoda y se redujo aquella nave para ceder, por un lado, terreno a las inquietudes urbanísticas, pero por otro, no quepa duda alguna, para adecuar una Casa mas acogedora y templada, a fin de que en el lecho de su Altar, Ella pudiese calentar sus manos, las cuáles a veces estaban unidas no ya para sostener el Clavo del Redentor si no para soportar las duras exigencias de los inviernos secos y fríos de éste Jerez amontillado que recibe desde las tierras de albarizas los rigores de la estación, del Diciembre navideño, del enero de pieles, corriendo calle Ancha abajo para desembocar en el compás de la Victoria.
La recuerdo enjoyada en su pequeño altar itinerante regocijada en un manto bordado con hilos envejecidos por el paso del tiempo, por el paso ritual de las “Porveras” eternas durante más de 200 años. "Porveras" que desempolvaron lienzos de muralla para proteger su impronta, abriéndole un canal por el que desembocar en el centro histórico de las devociones, rodeándola con su robusta presencia mientras se abalanzaban sobre Ella saetas incruentas, flechas con devoción para clavarse en su pecho como un puñal argénteo de oraciones cantadas y salves musitadas para el cuello de la camisa blanca pero de las que se enteraba, ¡bueno si se enteraba!
Sus lágrimas intuían la desesperación mas sublimemente interpretada en los cánones de la belleza afligida de quién es Madre de Dios en la Tierra, aterciopelada piel madurada por el compás de los varales que aquilataron su piel pálida no humeada por el tiempo. La demacración perenne de ese dolor que no cesa, de esa tremenda angustia que la recorre inconsolada, de esa fascinante mirada hacia ninguna parte, buscando el consuelo inconsolable, la dulzura de sus trazas aún con el ceño fruncido, el contraste de su suave boca entreabierta con la terribilitá miguenlangelesca del Misterio que amortajaba a su Hijo unos metros por delante.
Ese era el rostro que compungía nuestras expresiones ocultas, apagaba nuestras sonrisas de satisfacción por la llegada del rito, que exigía silencio y respeto en la Iglesia de la espera, en el templo del nazareno aguardando su puesto con papeleta de sitio, de los costaleros molía en ristre levantando la mirada cual imagen venera en la calle de su candelería completamente encendida.
En ese compás de espera aprendimos a escuchar el silencio de Jerez, en la oscuridad del templo con el murmullo de fondo de la salida expectante. Allí comprendí el significado del revestimiento de túnica cuando quería ofrecerle el guante para que no tuviera frío aunque ahora su Casa estaba llena de gente. Quería tenerla allí, un ratito más, quieta sin bruscas levantás que rompieran la magia del momento. Sus hijos de morado y negro la contemplábamos con un divino silencio. El listero no era capaz de irrumpir ese sueño, los tramos se componían solos en torno a su efigie. Todos sabían su lugar. De mayor a menor antigüedad. Porque es la propia ley de vida.
Las correrías de la pavera, las primeras responsabilidades de los tramos iniciales con cirio de “mayor”, los tramos adolescentes, la vara de alianza matrimonial, el último tramo de la vejez y el maniquetero con escudo de oro, privilegio, de ir escuchando el sollozo de la Reina; antiguo protector de la integridad de sus andas, hoy ese costalero más que se ha sumado a trazar con la pisada, el camino del Paseo celestial, a retozar con un movimiento de cintura en la intimidad de la marcha Amargura por la calle Tornería, a coadyuvar en que ninguna perilla quede por el camino de las rejas angostas y a comprobar un año más, el milagro del florecimiento de los pretiles vacíos, de los tiestos sin tierra y de las jardineras secas. Flores que nacen blancas Pureza, para ser exornos de su paso y de sus jarras.
No hace mucho comprendí el significado de un sueño. Hace unos meses que intuí que no había sido consecuencia de las razones impuestas, de los automatismos, o de caprichos familiares. Pertenecí a su Gremio, me formé en sus filas, fui su legionario, crecí a sus plantas, la noto en la cartera, la miro desde mi cama, la entendí ya de mayor, la aprecié siempre, me perdonó sin yo saberlo, me guardó sin rogárselo y me robó el corazón que ahora pretendo por no serle fiel. Todo ello no fue consecuencia de la inercia y ahora me doy cuenta de ello. Ella lo quería así y se lo agradezco. Me considero privilegiado por haber pertenecido a su rebaño morado y negro y ahora a la amplia nómina de sus hijos y devotos. Por ello no la olvidaré en la distancia, no la obviaré en su Poder, le agradeceré las buenas nuevas y acataré “lo que me mande”. Aún recuerdo sus bordados añejos, aún me acuerdo de su dolor virgíneo. No te olvidaré Soledad… en tu rostro reflejado en la nocturnidad del interior del Templo y en el silencio de Jerez donde aprendimos a escuchar y a observar la quietud de la belleza.
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