El otoño ha echado sus redes irremisibles sobre la ciudad. Huele a Huesos de Santo en la esquina de los Mártires con Santa Lucía que como balcón de las épocas y de los tiempos, abre las hojas de sus ventanas ciertas veces al año para invadir el ambiente con el dulce tufillo temporáneo; torrijas cuando la calle Larios se llena de palcos, buñuelitos deliciosos de la Málaga otoñal y mantecados del frío invierno navideño y consumista. Dulces que son las manijas del reloj de la propia vida.
Por la Alameda también huele a castaña pilonga, los deliciosos frutos humeados por la rasca marinera y asados con el mimo que le pone la saga de los Santiago, que comenzaron hace décadas a surtirnos de divinos tesoros otoñales en el comienzo de la calle Carretería.
El otoño ha llegado con sus irremisibles tópicos, que parecen invisibles y perdidos en la cotidianeidad de las prisas y los ajustados horarios, pero que son esos elementos tan necesarios en la vida de la ciudad. Ya penden de las calles del Centro los cables alambrados que van a dar lustre navideño con unas luces que también tienen su significado, ese que va mas allá de la mera decoración, uno que se otea en el campo de las esencias y los sentidos de la Fiesta.
Y en este caldo impropio para sonidos cuaresmales y humaredas de incienso, tuvimos ayer, con resaca de Halloween importada e impuesta por este mundo globalizado, la dicha de poder disfrutar con la salida extraordinaria de Nuestro Padre Jesús Orando en el Huerto que, con su irresistible impronta, fue protagonista único de la noche otoñal de buñuelos y adoquines alfombrados de hojas secas. Por encima de ella pasó el Señor advertido en una soberbia peana de plata que lo encumbró en el cielo malagueño del que ya no se bajó hasta que, ya bien de noche, fue devuelto a su altar en el silencio de una Iglesia, que también es un silencio especial.
Llegadas las seis de la tarde, el humo de los puestos de castañas despareció cuando las puertas de los Santos Mártires se abrieron para dar cuenta de un ejemplo de morada penitencia. Morada de cirios de cortejo numeroso, de morado recuerdo de Domingo de Ramos, de morada recuperación de la que sigue siendo la collación de sus fieles, los que cada día depositan un lirio morado petitorio y de morada túnica rocalla, digna de mención y de exposición como magno ejemplo de bordado artesanal andaluz. Hasta morado, fue ayer el incienso que consiguió desplazar el blanquecino olor de las castañas, y hasta morados fueron los uniformes de la Banda de las Cigarreras, que ayer, se dejaron ensimismar por algo que quizás no comprendieron, pero no sabiendo bien porqué, les instaba a entregarse para poner música celestial en el cielo malagueño, de dónde como digo, no se bajó el Señor en toda la tarde-noche.
A todo ello hay que sumar la belleza de las calles por las que transitó el cortejo y por supuesto de la ingente cantidad de público que se arremolinó, pesara a quien le pesara, a las plantas del Señor, sin apartar la mirada, deleitándose con la mecida estampa dulce y ceremoniosa, mientras un coro de cornetas y tambores ponía el sonido orquestal que se precisa, al menos una vez en la vida. Solemne y riguroso.
Allí estuvo Málaga para no decepcionar, para advertir a los que venían con otros propósitos, que supimos y supieron estar a la altura. Que había algo más que una buena banda que arrastra multitudes. Ni siquiera yo me lo esperaba. Me equivoqué al pensar que el “fenómeno bandero” sería capaz de eclipsar tamaña salida. No fue posible. Porque ya no había vuelta atrás. Porque el siglo XXI ha echado raíces y demanda una tipología de Semana Santa adecuada a la formación y la cultura que poseen nuestros cofrades de hoy. Porque ya no caben despropósitos como los de Julio. Porque era difícil la empresa de encumbrarlo a Él por encima de los mortales y de cómo hacerlo. Pero se consiguió. Así deben ser las cosas para el futuro y que se den por aludidos los que quieran, quizás los que aún se encierran en sus propios miedos y los que se sienten en peligro de perder lo que consideran “¡su tesoro!”. Sencillamente porque podemos y debemos hacerlo. Con nuestras señas claro…
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