lunes, 29 de octubre de 2007
Luces en los claroscuros cofradieros

Posee uno nunca demasiados amigos fuera del ámbito de las cofradías. Todo capillita que se precie debe alternar camaradas muy ajenos a la simbología del rito por antonomasia. Mis colegas diversos coadyuvan a la visión externa, a la síntesis imparcial, incolora de túnicas y de túnicos. A veces los cofrades nos sumergimos en el lenguaje de nuestra propia mundología con tanta intensidad que los términos acaban por invertirse sin apenas percatarnos. Frecuentar otros ambientes sirve de agravio y de desagravio comparativo. Bálsamo para los reveses del camino hacia el calvario de una filosofía de vida francamente irremplazable y catalogación de la inmensidad de los gozos de la bambalina bailante al ritmo del amor de los hombres de abajo.

Conozco a hermanos apasionados y exclusivos al mismo tiempo. Quiere decirse únicamente circunscritos a la existencia de la cofradía como cofradía de su misma existencia. Bienintencionados pero franqueados de subjetividad. Gente que amanece y anochece en la obsesión no siempre saludable por la realidad de la corporación de sus desvelos. Desconociendo que la hermandad contribuye, edifica, fortalece, socorre, solidariza, coteja, atempera, encariña, etcétera, pero siempre y cuando la tratemos en las adecuadas dosis de significación.
Como servicio a la recíproca que tampoco frecuente las trampas de la dependencia. No cualquiera maneja el termómetro de esta temperatura voluntaria y voluntariosa. La celosa necesidad de una personalización incluso vital acarrea la hipoteca de la paz interior. ¿Cuántos no cayeron en la más gratuita pero a su vez menos sanable depresión cuando, tras décadas de ostentar el cargo de hermano mayor, no tuvieron otra que abandonar el cargo y, por no sé qué errática regla de tres, también la junta de gobierno y el nivel de compromiso e incluso la regularidad de la asistencia? La respuesta se halla en la desproporción de los principios cofradieros. En los extremismos que distan el todo de la nada. Acaso asimismo en el yerro de una trayectoria jerarquizada de ascensos. Insobornable de competidores, machacante de supervivencias…

Los cofrades felices adecuan el júbilo de los capirotes a la escala de valores de los dones divinos. Los cofrades infelices perviven enredados en la asfixia de un subterfugio irrespirable porque parten de la particularidad hacia la generalidad. Y la generosidad de las hermandades reside en la inversión del proceso: la generalidad de la institución engrandece la particularidad de cada cual. Por cofrades, o sea por cristianos hechos y derechos, somos mejores escritores, mejores abogados, mejores profesores, mejores madres, mejores nietas, mejores gestores, mejores ciudadanos del mundo. Un complemento que además cobra naturaleza de trascendencia terrenal.

La Semana Santa expande su continuidad en el cariño de sus protagonistas anónimos. La Semana Santa sigue aportando después de los días solemnes multitud de nazarenos desprovistos de antifaces por los itinerarios de la cotidianeidad. Las casas de hermandad cierran la pomposidad de la Carrera Oficial para activar el pistoletazo de salida de la cuenta atrás. Mientras tanto subyacen modos antagónicos de afrontar los beneficios espirituales, el potencial evangelizador, de los así denominados cursos cofradieros. Unos en la urdimbre de la condición religiosa con la vocación familiar, la dedicación profesional y las aficiones de máxima atención. Y otros tergiversando los postulados de nuestras gloriosas tradiciones. En la desmesura ombligo/céntrica.

Mis contertulios del género cinematográfico me preguntan por las alborotadas aguas de los mares de las hermandades de penitencia. Leen en los periódicos la problemática de los horarios e itinerarios de la Semana Santa y se echan las manos a la cabeza. Curiosa perspectiva la de quienes, profanos en la materia, analizan la percepción del movimiento de la corneta y la revirá a pasito quedo. Aprendo en demasía de ellos. Pese a todo correspondo puntualizando que nunca llega la sangre al río de la hecatombe. Que los nazarenos solemos atisbar luces en los claroscuros de aquellos determinados túneles temporales. Y los miembros del Consejo de cofradías y las trifulcas de las hermandades de la Madrugada han hecho gala de un valor categórico: el del perdón recíproco.

JEREZ INFORMACIÓN - Febrero 2007 - Marco Antonio Velo

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