La verdadera esencia del sentir cofrade o cofradiero se encuentra no ya en los deleites sublimes del alma cuando un paso se levanta y comienza a sonar la música angelical en los marcos incomparables. En ese momento ya te has hecho al camino y al cuerpo. Estás preparado para lo que acontece y el disfrute ya va sobre ruedas.
La verdadera magia del sentirse ligado a este rollo sin parangón alguno siempre se encuentra en las horas previas. Las benditas horas previas que pueden ser minutos, que pueden ser días, que pueden ser semanas, que tienen ya hasta nombre clave, las Vísperas y por extensión, la Cuaresma.
Dicen muchos entendidos en esto que lo que mas se disfruta es precisamente el período cuaresmal, el periplo de ajetreo surgido de las cenizas impuestas que llegan a erigirse en grandes andas primorosamente montadas en los silencios de los templos. Los altares de insignias, símbolo inequívoco de la preparación de las grandes tardes gestadas en las oscuras noches de sacrificio y ardua labor. Por eso, efectivamente cuando arriba la Semana Santa, parece que ya todo empieza a acabar y el fruto de ese trabajo cae como fruta madura en los recuerdos del tiempo y se desintegra en cenizas, en volutas de incienso que se evaporan por una Pascua de Olvido. La sensación contradictoria de que quieres que aquello llegue pero que no pase, que no se vaya otra vez irremisiblemente.
Algo parecido les ha debido pasar a los hermanos de Pasión que como si se tratara de una cuaresma otoñal, han ido desgranando en forma de sucesivos actos su conmemoración sublime y sobre todo sus propios nervios. Poco importa el motivo. Allí estaba de nuevo el altar de insignias anunciándonos otra vez la buena nueva. Otra vez la procesión claustral de la víspera inmediata, que esta vez no fue traslado morado cuaresmal sino rosario virgíneo como mandan los cánones en este mes de Octubre en honor de la verdadera Protagonista. Allí esperaba su trono perfectamente montado con los varales vacíos prestos para llenarse de ilusión y levantás al cielo, como en la misma mañana del Lunes Santo.
Pero es que además, por extensión, nos ha pasado algo semejante también a los que nos apostamos como espectadores privilegiados en una tarde de Semana Santa en la puerta de los Mártires. La última semana ha sido como una cuaresma anticipada, en la que los nervios se han ido apoderando del alma cofrade de ese niño que todos llevamos dentro con una palmita dorada en la mano y una bola de cera en la otra. El cosquilleo divino de la intranquilidad por calle Madre de Dios cuando en las horas previas me dirigía a tomar un café en una tertulia monocolor en la plaza del teatro Cervantes, rotulada de Jerónimo Cuervo.
Todo para acabar de nuevo, para algunos por segunda vez, esperando nerviosos cual primera cita con aquella chica de nuestros sueños, en la puerta de los Santos Mártires la salida de la Cruz de Guía sin capirotes. La cruz de guía de la ilusión como cualquier Domingo de ramos en que todo empieza y los globos campean por el Parque y la Alameda. El Parque y la Alameda que cada uno quiera poner de su ciudad como espacio donde se escenifica el sabor de lo que empieza.
Pues allí estábamos, de nuevo, bebiendo del sorbito que tan poco nos satisface pero que momentáneamente tanto nos llena, hasta la próxima, que será el 1 de Noviembre.
Sonidos de campana y órdenes de capataz. Himnos, ovaciones, y sublimes Estrellas bajo palio con la Advocación de Amor y Dolor por su Hijo sufriente y por nosotros, que en la intimidad de su plaza, la aguardábamos.
A partir de ahí dar crónica a los momentos vividos con total objetividad resulta un tanto crudo y sin sentido. Sobretodo cuando los elementos utilizados para salir a la calle resultan inmejorables y los imponderables acompañaron en todo momento.
Había trono, había trabajo y sacrificio bajo “los palos”, había un cortejo concurridísimo de hermanos con cirio, nota ésta a destacar, había un recorrido sugerente, dos bandas magníficas, una puesta en escena acertadísima y sobre todo una Imagen portentosa ataviada decentemente. Con todo esto, poco más se puede añadir ahora que todo pasa, que se vuelven a evaporar los recuerdos, que se vuelven a desmontar las andas y los nervios desaparecen mientras en la retina queda aquella mecida en calle Nueva adornada con un silencio novedoso mientras los músicos acometían las Divinas Notas de Gómez Zarzuela.
Pero queremos más. Así somos. Qué le vamos a hacer. Hasta la próxima.
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