Parece que fue ayer cuando aquel anónimo costalero, para mas señas patero izquierdo, del paso de palio de la Virgen del Subterráneo comenzaba a marcar una revirá eterna hacia lo imposible, surcando con la delicadeza de un meticuloso pintor los trazos dulces de las líneas de grandeza. La figura delineada por la zapatilla de la precisión marcada por la batuta del riñón, del compás del varal cincelado oscilando como el péndulo que rige el compás del adagio religioso.
Fue en aquel ya lejano Domingo de Ramos donde se paró el reloj en el mismo instante en que los metales de Tejera comenzaron a gestar romances de primavera entre las notas musicales y los globos en los palcos, los dulces compases de Margot como el canto de sirena ensimismador, capaz de apaciguar a las fieras ávidas de coloquios rituales de entremés entre nazareno y nazareno blanco.
Allí se hizo divino el binomio perfecto entre la escena y la banda sonora. Entre lo sublime y lo bello. ¿es lo sublime el rostro del Subterráneo y lo bello la forma de ejecutar esas notas que parecen salidas de un arpa angelical? o ¿es bella la impronta de la Dolorosa dulce y sublime la interpretación de la marcha soñada?
Entonces mientras recordaba aquella inigualable curva hacia las puertas del Cielo me encontré en las entrañas de un foro unas significativas palabras de Antonio Burgos que sirvieron de presentación a un trabajo discográfico de la banda del Maestro Tejera, que desde hace unos meses también se llama del Maestro Tristán, y que no pudieron describir mejor ese binomio perfecto, esa unión sin fisuras, sin matices, tan necesaria para que toda la función tenga sentido, para que el surco perfecto del costalero abra paso por las nubes del cielo para llevarse a sí mismo y a su gente hacia aquella Virgen que ya no tiene manto ni corona hacia la mas bendita Gloria, a la que sólo llegan los Elegidos y que decía así:
"Póngase una trasera de palio, arriando esos zancos por parejo!, dice la voz del terno negro del contraguía.
Pónganse las interrogaciones de plata de dos candelabros de cola. Póngase la vela de un preste. Póngase una Grecia hecha hojas de acanto de un taller juanmanuelino. Póngase una escalera. Póngase un apagavelas humeante y cerúleo. Póngase un cántaro, una latilla de agua. Póngase un brazo tatuado, una camiseta sudorosa, un costal enrrollado sobre la morcilla, bajo ese brazo tatuado de muelles y embarcados. Póngase una pareja de la Guardia Civil. Póngase un olor a flores que se van. Póngase un frío de pies descalzos que vienen. Póngase un barrio. Póngase una noche. Póngase una luna. Póngase un balcón. Póngase Sevilla. Una vez puesto todo esto, sola vendrá una banda, que el paseillo parece que haciendo viene, de acostumbrada que está a los otros silencios, los silencios de la Maestranza junto al Silencio de Dios, que en Sevilla se puede oir el silencio; Sevilla es el único lugar del mundo donde se puede oir el Silencio y el silencio.
Sola, si ponéis todo cuanto se marca en esta partitura que escribió Sevilla, vendrá la banda, vendrán las estrellas y las aguas, las amarguras y las penas, pasarán las macarenas, pasarán los campanilleros. Es una banda que suena a Sevilla; viene desde aquel silencio de la tarde a este silencio de la noche, del albero a la cera. Por cómo suena de nuestra, ya sabréis que es la banda de Tejera. Os lo dirá la partitura que Sevilla le escribió para poder encontrarla en la trasera de un palio."
Foto: web del Maestro Tejera
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