Hubo un tiempo en que Granada fue nazarí y ahora sigue guardando en los posos de sus callejas, en las morunas alcobas de la calle Elvira, un embriagante sabor musulmán de la época del dominio culto y matemático, del arte reflejado en murallas rojizas imponentes de una maravilla del mundo que guarda entre sus pasillos la esencia de lo auténtico, el llanto del Darro que surca la Carrera en las faldas de una Alhambra que se mira al espejo de la suma belleza del Albayzín. Blanco de pureza y rojo de arte en el anochecer del mirador de San Nicolás. Menudo contraste.
En ese marco especial donde quizás huela mas a incienso étnico del bazar de los tiempos que de Tres reyes también hay Semana Santa. Aunque no lo parezca. Fue nazarí a un tiempo y ahora es nazarena de puntiagudos capirotes.
La luz de Sevilla, el agua de Córdoba y el atardecer de Granada forman el triángulo mágico. Quintaesencia del paradigma idílico que describiera Federico. Para morirse tranquilo una vez respirado ese aroma.
Pues yo me podía haber muerto tranquilo hace unos días.
Si hace unas semanas me refería a la belleza plástica del jazmín caído en el estanque eterno de los sueños arabescos del legado cordobés, y si hace unos meses, me derretía con la luz espléndida de la tarde del Domingo de Ramos reflejándose en una Paz serena por un Postigo del Aceite, hoy culmino la ruta de Washington Irving con las sensaciones de haberme sabido a poco la corta estancia y no haber podido disfrutar un poco mas de tiempo de la frescura de la ciudad de Granada. Pero me hacía falta. Paleta de colores en una tarde otoñal que se hizo monocroma en la plaza de las Pasiegas con mi primer paso de palio crujiendo e irrumpiendo en los recuerdos de mis visitas anteriores a la ciudad vecina, de japonés turista y de tapeo en calle las Navas.
Cierto es que uno ya tiene experiencia en esto de los “pasos” y las “levantás”. Y además la información que nos ofrece hoy día la red cibernaútica nos procura que no nos llevemos sorpresas a la hora de conocer nuevas formas allende nuestras fronteras. Pero siempre queda algo mágico que no se adivina en la pantalla del ordenador. La Semana Santa es el despertar pleno de los sentidos, los cinco conocidos y otros más, como la sensibilidad, la inspiración, la emoción o el palpitar del corazón. Que acompañe el tema patrimonial, la calidad del bordado o el trabajo de la plata es lo de menos. Siempre digo que me satisface más una revirá de órdago al pie de la torre de una Catedral soberana que un despliegue detallista y minucioso, porque me produce la misma sensación de vello de punta incontrolado mientras la música procesional me ensimisma como un canto de sirena que suena a Carmen pero no de Salteras y ni falta que hace. Alhendín también tiene metales para poner una pica en Flandes, ¿porqué no?.
Lo correcto por encima de las grandes explosiones. La particularidad de lo alegre sin llegar al folclore. Y es que de vez en cuando una salida por la tangente de la globalización cofrade se agradece. Así fueron las sensaciones que me produjeron la salida extraordinaria de María Santísima de la Encarnación. Esto sólo ha sido una toma de contacto. Pero habrá más. Porque hemos reservado sitio en unas callejas empinadas del barrio con mas sabor de esta zona de Andalucía para cuando vuelva la Aurora coronada a San Miguel. Porque me estará esperando el paso cuando corra el agua de ese río presocrático del Darro bajo los puentes de piedra y la Alhambra, siempre fiel, como mudo testigo de esos avatares fervientes.
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