Señor de los días
HOY hace un año que, pasadas las emociones del reencuentro, el Gran Poder empezó a vivir en la cotidianidad de su hornacina. Desde el besamanos del viernes 28, que abarrotó la plaza de San Lorenzo en una Sevilla en vacío de fin de semana de julio, al domingo todo tuvo un aire excepcional. Fue el lunes 31 cuando el Gran Poder amaneció a su primera semana de normalidad, Señor de los días, después que la restauración quitara la mordaza de negruras a esta palabra de Dios esculpida.Es tan grande el don de Dios que supone tener bajo los pies esta firme tierra prometida, ver con los ojos este misterio desvelado y sentir en el corazón esta caricia sentida, que son muchos los que escriben, sin saberlo, sobre sus dones. Lo pensaba leyendo estas palabras de Fernando Savater: “Amamos lo perecedero porque va a perecer; no amamos lo eterno, lo invulnerable... Amamos a aquellas personas que quisiéramos perpetuar y no podemos; es su fragilidad lo que suscita nuestro amor.
Y Dios es lo contrario… La vinculación afectiva que introduce el cristianismo necesitaba que Dios hiciera una concesión a la carne, a la muerte, a la fragilidad, al temor, al abandono... Esa idea del Dios hecho hombre es una aportación de la religión cristiana, pero también un paso hacia la salida de la religión, porque en cuanto divinizamos la figura frágil, doliente, del hombre, estamos acercándonos a empezar a divinizar al hombre, sin necesidad de lo sobrenatural… Para que la figura de Cristo adquiera toda su capacidad de identificación con nosotros, suprimámosle esa otra dimensión mágica que le aleja aún de nosotros”.El más sencillo de los devotos del Señor sabe, sólo con mirarlo, que no es necesario suprimir la sobrehumana fuerza de la divinidad para que aflore en Él la doliente humanidad del Nazareno; sabe que el Gran Poder es el humillado y ofendido con el que los humillados y ofendidos se identifican, pero también el Dios poderoso que les hace justicia y los rescata; sabe que en el Gran Poder veneramos la fuerza de lo eterno y amamos la debilidad de lo perecedero; sabe que en el Gran Poder se desvela un Dios que atraviesa las barreras que separan la eternidad de la finitud y la invulnerabilidad de la fragilidad para abrazarnos, compartiendo nuestra debilidad, nuestro temor, nuestro abandono y nuestra muerte; y sabe que lo hace sin dejar de ser Dios.
Esto es lo que al más sencillo de los devotos le desvela el Gran Poder. No hay duda, este es el Señor que dijo: “te bendigo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y las has revelado a los sencillos”.
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