lunes, 24 de septiembre de 2007
Mi infancia son recuerdos “machadianos” de un patio repleto de geranios, de naranjos en flor de primavera y una fuente sin agua. La memoria viva de un nervioso Viernes Santo con los últimos ajustes de la túnica negra y la cariñosa despedida de la que, aguja e hilo, refrendó en tela mis sueños cofrades y llenó de ilusión un guante con la papeleta de sitio. Que Dios te guarde.

Es mi infancia, el recuerdo Guarnido de un ascensor de doble hoja de reminiscencias antiguas, del cual parecía que iba a salir en cualquier momento un anciano y enjuto portero con uniforme y botonadura dorada. Fluyen, como la vida, un sinfín de emociones por el telón descorrido de la retina reciente. Un transitar de la calle Larga con la emoción del momento y el antifaz puesto. Una cámara detrás inmortalizando la escena por si algún día nos fallara la memoria. Recuerdo la Porvera de los días tristes, de traje negro y niños curiosos tirando de la capa. Y junto a la Escuela de Artes y oficios, una pequeña puerta que daba acceso a la vorágine de la hora previa, de listero y costaleros en el coro y un micrófono repitiendo aquellos nombres de los que nunca llegaban.

Recuerdo la medida de las cosas. La estaticidad de una "performance" barroca en el interior de un templo. La monumentalidad del conjunto “miguelangelesco” de dimensiones imposibles contrastando con la mesura hecha paso de palio. Recuerdo el Dolor previo de la Madre desconsolada sentado en un banco de los primeros tramos cuando la hora nona se aproximaba a paso ordinario por la calle Ancha. Allí me hice fervoroso de la religión morada y negra a la vera de una muralla celosa e impaciente.

A los pocos minutos, mientras pensaba en las mil cosas que en ese momento a un chiquillo se le pueden pasar por la cabeza, se abrían las puertas de los últimos retazos de Semana Santa. Y se hacía la luz y el murmullo de la expectación. Recuerdo cuando aquel nazareno anónimo grandullón asía la Cruz de Guía con los dos brazos y daba los primeros pasos surcando la repleta calle Ponce. Era el comienzo del fin de tantas cosas. La sensación inexplicabe de ser protagonista anónimo de una bella función que habrá quedado para siempre descrita en los apócrifos jerezanos que se sentaban en aquel palco de la Asunción.

El llamador sonaba al tiempo que se escuchaba la primera saeta por seguiriyas, con aquella voz honda, desde un palaciego balcón frente a la Muralla. Recuerdos de una carrera oficial plagada de niños insistentes pidiendo cera y un suelo catedralicio plano y reconfortante. El bocadillo de la Encarnación cuando no había Papa, la reincorporación a las filas en Plaza Monti cuando no había palcos y el dolor capirotero de la estrecha Tornería, por entonces novedosa, envidia de los últimos tramos a los que pertenecí en no hace muchas Semanas Santas. La misma evolución de la vida la que se da en los tramos de una cofradía.

Casi sin darme cuenta, había llegado la Cruz de Guía al retorno de la oscuridad del templo mientras la soledad de la Virgen musitaba compases de dulces marchas a la altura de la Cepa de Oro. Oro en los hilos del techo de palio y en la corona, de saya de Elena y de bambalina elegante. Entonces, como queriendo evitar lo inevitable, resistirse a aquél martillero impasible de los rigores del tiempo, su cuadrilla recortaba la pisada para mecerla quedamente por “Madrugás” y “Amarguras”. Mientras, otra vez, se cumplía el milagro del retablo andante, cuerpo a tierra y vuelta a la Victoria.

De nuevo la belleza de la estática plasticidad. Desorden y cansancio, cera “chorreá” y flores mustias por el dolor de lo que acaba. La última oración de tu nazareno de tramo antes de acabar un sueño del que desperté para siempre. Son los recuerdos “machadianos” de la infancia donde las puertas se cerraron para siempre en el último pespunte de túnica dado con el amor de una mujer arrugada y cansada, el mismo con el que la Soledad agarraba su clavo, como siempre, perenne en la intimidad de la recogida.

Tags: Semana Santa Jerez, Soledad

Publicado por tontodecapirote84 @ 16:19  | Jerez
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