LA PASIÓN DE LO EFÍMERO
Juan Pedro Cosano. (Diario de Jerez.Lunes Santo 21-03-2005)
Les puedo asegurar que me he negado hasta límites razonables. Excusas todas lógicas y sensatas. Sin ir mas lejos, que llevo la tira de años sin ejercer de cofrade, que soy ajeno a las nuevas modas y que, por no conocer, no conozco ni la cara del nuevo Pilato con que ha adornado su Paso de Misterio la hermandad de la Yedra. Pero nada. No ha habido forma. Y aquí estoy de nuevo, pensando que muy mal debe andar la nómina de literatos en este mundillo cuando de nuevo se recurre a este carroza que, como les digo, apenas si ejerce de lejano espectador en los días pasionales. Días que, para que se lo voy a negar, y por muy retirado que esté uno, aún tienen la virtud de ponerme los vellos de punta y me dejan en carne viva cada fibra del alma. Que han sido muchos años sintiendo el mismo compás que todos ustedes. Muchos años, muchos gozos y también muchos disgustos, válgame Dios.
Este año, y el tiempo no lo impide por ahora –y toco madera, que está el cielo de un cárdeno que asusta- el Palio de la Estrella se perfiló en los dinteles de San José cuando todavía humean los rescoldos de las fallas en el “País Valencià”, que así se dice ahora en esta España mía. Y barrunto una frase con la que bautizar esta gaceta: La Pasión de lo efímero. Porque, recordando esos “ninots” que acaban de arder en una ordalía de fuego y ceniza, esas fallas inmensas y multicolores que representan un esfuerzo colectivo que se destruye en poco más que minutos, alguien pudiera pensar que también aquí en Jerez, como en todo este bendito Sur, construimos, en los días de la Semana Santa, un escenario fugaz, un brevísimo proscenio, una representación inmediatamente perecedera que se consume cuando apenas si nos hemos deleitado en ella. La Pasión de lo Efímero.
Pero no, Basta adentrarse sólo un poco en la reflexión para llegar al convencimiento de que no es así. En la Semana Santa, lo único efímero son los claveles, que se agostan en el tiempo de su propia belleza; los cirios y la cera, que se consumen en el estertor de su luz; el eco de la saeta, que se difumina poco a poco en el pentagrama del viento. Lo único efímero es lo accesorio, lo circunstancial. Todo lo demás permanece.
La Semana Santa es un rito centenario que se adentra en la memoria de la historia y que se proyecta hasta el caleidoscopio del futuro. La plasmación externa de una forma de vida, de entender los sentimientos. Los siete días pasionales sólo son el vértice de una pirámide que se hunde en las arenas del tiempo. El vértice dorado y hermoso de una pirámide moldeada a fuerza de conjugar miserias y grandezas, como toda obra humana. Fe y Arte, como ya dije hace mucho tiempo.
No hay nada de efímero en los sentimientos de estos días. Porque son indelebles, porque permanecen en las alacenas del alma. Porque suponen reencontrarse con toda una vida y dan razones para seguir viviendo. Díganmelo a mí, si no, que tan alejado como estoy, tan retirado, tan susceptible incluso, aún soy capaz de ver como se encalaboza mi vida en el rostrillo de la Amargura.
Así es esta Semana Santa nuestra. La demostración evidente de que nada acabó en el Gólgota. Como nada acabará cuando el Calvario, en la madrugada del Sábado, cierre sus cancelas para recoger el palio de la Piedad. Piensen entonces, en ese momento, que nada hay efímero, pues es precisamente entonces cuando todo vuelve a empezar.