CUANDO AYER SALIÓ LA AMARGURA
Carlos Colón (Diario de Sevilla-Lunes Santo 10-04-2006)

Cuando ayer salió la Amargura se oyó, como si procediera de lo más hondo del suelo de Sevilla, el crujido de las capas tectónicas de su devoción y su historia que se ajustaban hasta hacer renacer la Pangea sevillana. Pangea “toda la tierra” en griego, llaman al contienente primero del que nacieron los cinco que hoy conocemos. Nuestra Pangea sevillana, de la que han ido naciendo los ocho continentes de las ocho jornadas de la Semana Santa, con sus valles de emoción y sus cumbres de belleza, se muestra se toca con los ojos, se siente con el corazón, se reconoce en la memoria, se impone abrumadoramente cuando sale la Amargura.
Su belleza fecundada por la intuición mas certera de lo sagrado no fue la única del día. Pero sí tuvo, como siempre tiene, el carácter de belleza primera y fundadora. Vimos a la Estrella bajo su palio más cierto, aquel que antes cubrió a la Esperanza, formando ese conjunto que –manto del Mayor Dolor y Traspaso y palio macareno-podría simbolizar el homenaje de la ciudad, de San Lorenzo a la Resolana, a la Virgen mas sevillana de Triana. Vimos los bordados juanmanuelinos del Subterráneo tras la celosía de los naranjos de Doña María Coronel ; a Gracia y Esperanza rozando otra vez los blancos muros de Caballerizas en homenaje a Rodríguez Buzón en el cincuentenario de su volcán de palabras en forma de pregón; a la Hiniesta dos veces renacida del fuego-Ave Fénix azul y plata- haciendo renacer también antiguas semanas santas al filo de las murallas junto a las que la propia Semana Santa nació hace justo 650 años. Vimos al Amor tan poderosamente divino, tan sevillanamente poderoso, entre el fuego de los seis candelabros que alumbran el Templo de su cuerpo. Y todo tuvo su emoción, su sentido, su belleza. Como el Pentecostés, el Espíritu hace que cada cofradía del Domingo de Ramos, y así las de toda la Semana Santa, hable en la lengua que los suyos puedan entender. Pero la Amargura es el arameo, la lengua primera, que habla el Domingo de Ramos.
Imaginemos la escena de este Pentecostés como si lo leyéramos de unos apócrifos hechos de los apóstoles sevillanos: Al llegar el Domingo de Ramos estaban todos reunidos. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la ciudad. Se les aparecieron unas lenguas como de luz que se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu de Dios y de Sevilla, y se pusieron a contar la Pasión de Cristo según el Espíritu concedía a cada cuál expresarse. Había hombres piadosos venidos de todos los barrios, cada uno con su propia emoción y su propia memoria. Al producirse aquel ruido la bulla se congregó y se llenó de estupor al ver como las hermandades les mostraban a Dios como cada uno lo sentía y lo recordaba, según lo había prendido en su barrio o se lo habían transmitido sus padres. Admirados decían: “¿Es que no son igualmente sevillanos todos éstos? Pues, ¿cómo cada uno de nosotros llora sus propias lágrimas, revive sus propios recuerdos y reconoce al Dios de sus padres en el que cada cofradía le muestra, mostrando todas a la vez al mismo y único Señor?”. Gentes de San Julián y del Porvenir, de Molviedro y de San Roque, de calle Sol y del Salvador, de San Jacinto y de San Juan de la Palma, quienes viven en el centro y quienes lo hacen en barrios sin definición sevillana, todos vieron ayer con sus propios ojos, recordaron con sus propias memorias y sintieron con sus propias sensibilidades las maravillas de Dios que les contaron, mostrándoselas, las cofradías del Domingo de Ramos. Todas nacidas de esa Pangea sevillana, esa originaria tierra única de común devoción que tiene por nombres propios los del Gran Poder y la Macarena, y por apellido el de la cofradía de San Juan de la Palma.
foto: amarguraysilencio.blogspot.com
Tags: Grandes Maestros, Sevilla, Carlos Colón