Me ha parecido un fin de semana de contrastes. Por un lado, he rumiado ese “regustillo” semanasantero malagueño que se "recogió" hace unos meses cuando dejaba a la Expiración por la Plaza del Obispo, pero esta vez aderezado con unas dosis de nostalgia setentera, por si nos creíamos que nos habiamos librado del todo de los viejos y oscuros males enterrados por los efectos de la piqueta y la caída del Muro (del Pasillo de Santa Isabel), para que “no falte de ná” en una extraordinaria donde había que hacer un repaso histórico a 500 años que no se cumplen todos los días. Por eso había que estrenar una Corona para la Virgen de Consolación y Lágrimas en recuerdo de otra maltrecha que se había hojeado en los legajos de la historia y además visitar un antiguo templo que ya ni está y para recordarnos de paso a todos cual es el sentido de una cofradía en la calle, por si no nos había quedado claro el Miércoles Santo.
Por otro lado ha sido también felizmente el fin de semana de la eclosión mariana, la recuperación para Málaga de una devoción quizás demasiado confinada a los límites de un barrio capuchinero, que la ve salir monótona cada mes de Mayo. Quizás tengamos culpa nosotros, los malagueños, de no subir su Carrera, perezosos de encontrarnos con una procesión gloriosa que tenía de todo menos ese calificativo. Le hacía falta una efeméride así a los buenos amigos salesianos, sus antiguos alumnos, para que pudieran derribar las imaginarias murallas de la conformidad y se abrieran soberbiamente a toda Málaga. Era una ocasión extraordinaria para salirse de los derroteros por los que anualmente ha transcurrido su procesión, como digo, sin pena ni Gloria y bien que se ha aprovechado. Le hacía falta esto a María Auxiliadora para reencontrarse con sus antiguas devociones, de aquellas señoras, como mi abuela, que guardan con celo esas estampitas amarillentas en cada cajón de su casa. Le hacía falta darse un paseo por Málaga, por calles añejas para impregnarse con la esencia de las centenarias piedras del Buenavista o porque no, darse un baño de modernidad y clasicismo con la remodelada calle Larios. Igualmente le hacía falta un baño de masas como los que reciben anualmente la Virgen del Carmen o nuestra Patrona, la Virgen de la Victoria, gracias a que sus respectivas corporaciones habían sabido salirse de los anquilosados y perennes esquemas del segundo plano, esos de terral veraniego, sabiendo conducir a sus fieles, devotos y hermanos a la calle, del rezo a pie de Imagen a consignarlos tras su planta en la procesión, aunque fuese degustando un refrescante helado de Casa Mira.
Y ahí estaba la Auxiliadora de los Cristianos con todo lo exacto. Sin más alarde que el de su recta estampa, sin mas brillo sobrante que el del reciente dorado de su magnífico trono y sin mas acompañamiento que el de una criticable banda de la Paz que sonó francamente bien, y digo criticable, porque demostró claramente que lo hace cuando quiere, y el de todos los malagueños, de sus devotos habituales y de todos aquellos que desde este año saben que desde un Santuario capuchinero hay una verdadera Reina virginal malagueña.
Y llegado ya el lunes de resaca, que me recuerda tímidamente a aquel de la Pascua de Resurrección, me quedo con el último y amargo sabor de boca dejado por la triste y añorada Archicofradía de la Sangre que celebraba, nada más y nada menos que su V Centenario. Desoladora imagen la que nos mostró, este año por partida doble, y que no por esperada, deja de producirme enojo y frustración. No se trata de hablar de gustos o de formas que a unos pueda enamorar y a otros chirriar. Se trata de que a todas luces se han perdido los estribos y cumplir con unos mínimos exigibles se antoja en esta corporación, a dia de hoy, como un auténtica quimera.
No se trata, repito, de poner cola y esparto a 500 años de fulgurante y populosa historia, ni de eliminar, Dios me libre, pulsos que pueden ser hasta respetables; no se trata de hacer una hermandad a la medida de aquellos que buscan un halo de esperanza en recortados tronos con candelabros de cola. Hoy no venimos a criticar una u otra forma de entender a Semana Santa, cuya pluralidad es hoy una innegable seña de identidad. Se trata de que las cosas no se hacen con unos mínimos y pasa lo que pasa. Cuando lo malagueño se confunde con lo pueblerino y el folclore se adueña de una salida procesional que por extraordinaria no puede convertirse en el vehículo de disfrute de unos ignorantes que aún, después de 500 años, no saben cuales son la medida de las cosas. Confundir alegría o extraordinaria con bailoteo barato al son de un pasacalles o demostrar claramente en la calle las pocas ganas que hay de limpiar un trono o unos ciriales tras la procesión, o llevar una charanga en vez de banda de música o aún peor ni llevar exorno floral (sólo unos centros de flores ad hoc) o contar, por el contrario, con un cubo de basura a modo de apoyo logístico, no resulta señores, un intento por cambiar las formas de una hermandad de 500 años. Me quedo con la imagen de un Cristo muerto mecido entre malagueñas en un tablao a modo de trono y con un misterio discreto como agregado de turno. Para colmo el protagonismo final, se lo llevó la propia junta que con un megáfono tuvieron la dicha de agradecer a “todo el pueblo de Málaga” su presencia en la efeméride. No era para menos para lo que tuvimos que aguantar. Alguien tendrá que poner fin a estos lamentables espectáculos y no dar por normal extremos a los que no termino de acostumbrarme.