jueves, 30 de agosto de 2007
En Jerez abundan las joyas. Las joyas de segunda y bendita mano cubiertas de esa película graciosa que las protegen en las vitrinas del tiempo, película que aporta el valor de lo señero y una vez al año o incluso dos, de vez en cuando, se retiran de los armarios para que dejen escapar ese resplandor aquilatado de sus trazas por las calles de la ciudad o en las interioridades monumentales de nuestros templos en solemnes besamanos.

Son esas joyas que ya lo eran en manos de quienes las encargaron, pero que por desconocimiento o subestimación, se desposeyeron de ellas para sustituirlas por otras igualmente delicadas pero quizás no equiparables en cuanto al valor de lo añejo y lo nostálgico. Así pues, por obra y gracia de algunos oportunistas, fueron a parar a Jerez y hoy son la vanguardia excelsa de su patrimonio mas divino y material.

Pero en Jerez también hay joyas de primerísima mano y no por ello menos importantes que también se van haciendo mayores. Los artistas que sólo entendían de retales y mantos macarenos, esos que encajaban túnicas y probaban patrones en el dorso del Gran Poder o diseñaban prodigios en forma de malla y oro, sin saber siquiera que estaban haciendo historia, de vez en cuando también guiñaban el ojo al buen jerezano que llamaba a sus puertas para encargarles un manto, un palio o un simpecado. Quizás y ello es cierto, era por el parné; caudales de bodegueros o estirpes ganaderas de los grandes mecenas que se echaron las hermandades a las espaldas para jurar realidades en forma de excelsas locuras de terciopelo y oro. Clientes de lujo venidos desde San Francisco, San Miguel o San Mateo.

Y esos guiños vinieron exclusivamente de mentes privilegiadas a los que el calificativo artista se les quedó pequeño hace mucho tiempo.

A uno de ellos, en Sevilla le conocían como a Don Juan Manuel, con el Don delante que le ha guardado el privilegio de presidir en primera fila la recogida de su Macarena en las faldas del Arco por el que tantas veces pasó apresuradamente. Se apellidaba Rodríguez Ojeda, por el que se le conoce en el resto del mundo por lo que pone en los libros. Pues este tal Juan Manuel un día devolvió el guiño al jerezano que llamó a la puerta de su taller y no era otro que otro Don Juan, apellidado Mata y López de Meneses en forma de un prodigioso manto diseñado por sus delicadas manos y que sólo, los avatares del tiempo y del destino, no permitieron que pudiera ser tejido por aquél, recayendo la responsabilidad en su discípulo al que también se le ha quedado corto este apelativo, y a sus obras me remito, el mas bien maestro Don Guillermo Carrasquilla que finalmente lo terminó.

Mas de 60 años han pasado y aquel manto que hoy es referente artístico e historia viva del patrimonio cofrade de nuestra ciudad ya necesita una revisión. Mas de seis decenios en los que se ha demostrado cual es el ejemplo de las cosas bien hechas que perduran y perdurarán para siempre. Más de seis décadas sin intervenir una sola puntada.

Hoy, sin embargo, ese manto sale de las vitrinas no para lucir sus aquilatados hilos de otro tras la soberbia impronta de la Virgen de la Encarnación, como lo ha hecho año tras año, en consonancia con un palio y una gloria no menos fabulosos. Se rescata, no para cumplir el ritual de cada año de ser colocado en un pollero por esos priostes privilegiados de gusto y dedicación, sino para ser restaurado, pues el paso del tiempo resulta implacable hasta para las joyas más preciosas. Y sale, para que dentro de dos años vuelva rejuvenecido de las manos de Ildefonso Jiménez, el cual podrá ganarse el Don delante y un busto en el cancel de San Miguel si dentro de 100 años este manto pudiera seguir cubriendo las benditas espaldas de la Reina de San Miguel, otro Cuaresma más, puesto con la delicadeza y el denodado sacrificio de los hermanos de turno, quien sabe, los biznietos o tataranietos de los que hoy, con tanto amor y respeto, lo entregan.
Publicado por Desconocido @ 17:06  | Jerez
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios