jueves, 30 de agosto de 2007
El Viernes Santo jerezano no sólo me deparó esos momentos inolvidables que hicieron que mi particular Semana Santa se volviera del revés. Esos instantes en los que dejas de fijarte en bordados y movimientos costaleros para reafirmarte en tu fe cristiana y emitir un ligero suspiro en forma de exhalación rebuscada en los mas profundo del alma e hiciera que todo tenga sentido, que toda una parafernalia de santos en la calle sirviese para algo. Un fin, un objeto, que sin pretenderlo llega y te sorprende plenamente.

Me encontré una ciudad bulliciosa. Callejeé con la sensación de ser extraño en la cuna y como destapado de la manta que tantas veces me cubrió como buena madre de mis vivencias. Tantas veces había pateado esas calles y tantos días deseaba llegar a ese Domingo de palmas para pasearme, como uno mas, de esa bendita Tierra, pero he de reconocer que me sentía foráneo en aquel Viernes Santo nuevo en los que me perdí con paredes encaladas y barras de bar donde antes nos las había, con una carrera oficial que ya no deleita con la rotonda de los Casinos ni con el antiguo Cabildo Viejo. Pero sí es cierto que perduraba lo esencial, el color del traje negro y ese humeante fragor de las patatas fritas recién hechas de los puestos ambulantes y las “niñitas” elegantes de abrigo largo y lazo en el pelo, las cuales salían y siguen saliendo a la calle tan peripuestas de Viernes Santo al gusto de las madres. Me encontré con la primavera en las calles jerezanas, la primavera de los ritos que se repiten en las horas exactas y que se legan a los hijos de los hijos, a pesar del frío y la amenaza de lluvia, si esa del cambio climático que tanto nos exaspera dejando atrás esos años en los que el cielo azul era decorado inmutable de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Me di una vuelta por Antona de Dios y la Plaza de San Andrés y allí casi sin esperarlo me encontré a la vuelta de esa esquina a la Virgen que llora desconsolada la Muerte en la Cruz que siempre la ha escoltado como pena eterna en su Calvario jerezano. Allí en las curvas imposibles del barrio de San Pedro volvía a enamorar en una penitencia sobria y última, por ser este año la que ha cerrado la Semana Santa, como quiera que la dejen sola un ratito mas, y ¡todo el que quieras Madre!

A la Exaltación, primer germen cofrade del extrarradio, fruto de los instintos procesioneros de la primera explosión demográfica del Jerez de los años cincuenta, la vi mas madura y hecha por el entorno de la Catedral. Ya no pueden excusarse en la inexperiencia y ni el ahogo lejano de su propio confinamiento. Hoy ya no hay fronteras en este Jerez globalizado donde hasta las hermandades ponen cruces de guía antes de que suenen los clarines y timbales en la plaza de toros, cuando el jerezano brinda con oloroso en las viejas tascas de la calle Larga y tapea sugerente las tradiciones de cada Semana Santa. Se acabó aquello de dormir la siesta y revestirse de chaqueta y gemelos al caer la tarde. Es lo que tiene ser de barrio y salir temprano. Hoy las Viñas es parroquia casi de centro comparado con las que presiden la Granja o Guadalcacín.

¿Y qué decir del Cristo que hasta sin música reitera su realeza agonizante entre un mar de jerezanos cuando se baña en las playas de San telmo?. ¿Cabe mayor guía espiritual que la de su vela mayor a través de las espinas y los tormentos? No parece que expira o vaya a morir, su gesto es espigado, soberbio, como si quisiera quedar en Jerez vivo y guardián de los huesos de su Ermita. El es el Padre de cabellera larga y misteriosa, esa que hacía llorar a las viejas gitanas de San Miguel y que lograban arrancarles saetas añejas que retumbaban vacías y huecas en las forjas de la recogía. Y tras Él, la Virgen del Valle, a la que tantas veces seguía su estela roja cuando formaba parte de las filas de la Soledad. ¡Cuántos Campanilleros y cuantos Rocíos te han ofrecido los músicos de Trebujena en las orillas de aquella Carrera Oficial! y ¡cuántas veces lo he podido disfrutar en el anonimato de mi mirada y en el secreto de los vellos de punta y los recuerdos de niñez! Siempre, Reina de San Telmo, te buscaba al llegar al Diario, allí fiel a los ritos y a la hora justa y como todos los años en que te reviraba el barrio entero.

Recuerdo que siempre quedaba un último aliento para disfrutar en toda su esencia a la Virgen de la Piedad, volviendo por la Tornería, gustándose en calle Francos con su candelería plenamente encendida y cuando sólo iba quedando delante de su palio cuatro o cinco reticentes “fatiguitas” que no se resignaban a que el fin llegase. Así, tan íntimo como especial, tan divino como delicado llegaba ese final pausado sonando de fondo las notas de Zarzuela que rogaban un minuto mas de madrugada. Así se iba otro año más la Semana Santa de siempre.
Ahora la Piedad ha ganado un Duelo original con sabor mas añejo aún y qué mejor compañía para el Dolor de una Madre pero ha perdido la esencia de un paso de palio, ha perdido la luz de la cera que la enseñaba en aquel reflejo sombrío de los muros de San Marcos.

Laureano de Pina quiso cobijar en forma de lúgubre y fastuosa hornacina de plata a un Cristo de tamaño académico que pasa por ser de los mejores Santos Entierros de Andalucía. Inconfundible era su deambular provocando el temor infantil con sus ruedas chirriantes. Una cuestión visual mas propia de Castilla aunque hoy ya es portado por costaleros en una visión mas propia de esta tierra y nuestras oriundas inquietudes.
Publicado por Desconocido @ 17:04  | Jerez
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