miércoles, 29 de agosto de 2007
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Jerez y Soledad. Dos palabras y dos sentimientos bien distintos pero igualmente identificados.
"¡No se puede aguantar mas categoría!" ¡Que elegante va la Virgen!, repetía Martín una y otra vez delante de su Mirada. "Vamos a crecernos con la Virgen", "vamos a llegarle al alma a la gente" y vaya si lo hicieron. A mi alma me la robaron una noche de abril en Tornería y en la Plaza Rafael Rivero. "¡Dios mío de mi alma que bonita eres!, ¡Vamos a parar el tiempo!". El reloj se paró pasada la medianoche en un rinconcito mágico de Jerez. Volví a sentir algo que tenía dormido desde hace bastante tiempo. Un sentimiento inexplicable, sublime, bello, intenso y distinto a cualquier otra satisfacción que me haya procurado nunca la Semana Santa. Quizás fuera el recuerdo de la niñez, un sueño que me había nublado la vista durante varios años y que se me despejaba sin remedio entre viejos conocidos y estampas memorables. Volvía a una ciudad no olvidada y a vivir momentos incomparables a los que me pudiera ofrecer cualquier procesión extraordinaria.

Allí en ese lugar cercano a la Catedral volví a seguir la estela de una Cruz de guía y un antifaz morado. Si, como ese que guardo en mi armario con celo de coleccionista. Allí sentí las estrecheces de las calles jerezanas y la inmensidad de un Misterio inmejorable. Colosalismo expresado de una gubia tocada por Dios. Sentí el dolor costalero en cada levantá mientras sonaban las cornetas y tambores del Santísimo Cristo de la Caridad, como plegaria de Muerte a un Cristo que reina la Porvera bajo esa espléndida arboleda que lo acuna cada Viernes Santo. Las circunstancias y quizás Ella o Él no me hayan permitido volver a vestirlo, pero seguro que esta no será la última vez que me vea reflejada en su mirada y guardado por su excelso manto, como tantos años; aquellos de cansancio y bocadillo en las inmediaciones de la Catedral, esos de anonimato y entrega por la calle Larga.

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Ese Viernes Santo me reencontré con la suavidad, con la clase, con el embaucamiento de una Madre que llora mientras roba el corazón de toda Jerez. Y allí, prisionero del tiempo y de la esencia de lo natural, lo correcto, lo sencillo, me dejé llevar por el gracioso movimiento de su palio, por su fabulosa mirada y por la dulzura de sus manos mientras sostiene ese Clavo, sin dejarlo caer, el causante del sufrimiento de su Hijo. No adiviné abandono alguno en la idiosincrasia de una corporación de gusto y solera, la cual me atrajo desde la primera vez que tuve la fortuna de ser miembro de sus filas de nazarenos.

Ahora desde la distancia añoro tales momentos que ya no vivo, aunque me he prometido a mi mismo ser partícipe de ellos desde otra perspectiva, delante de su Palio, muchos años mas Dios mediante, al son de unas Amarguras que tronarán eternamente en una Tornería de los sueños. Ese compás tranquilo que logró el silencio de ese Jerez de antaño, el que no se pringa por el humeante tufillo de la hostil sociedad del siglo XXI. Allí la miré a la cara y la busqué en una oscuridad serena cuando el movimiento de su varal, suave y trabajado la consolaba. Allí le recé como cuando terminábamos la Estación de Penitencia con los pies hechos polvo y le pedí perdón como cuando era un niño y me arrepentía de muchas travesuras. Allí la vi levantarse como cuando se erigía en seco en las interioridades de la Victoria y se prestaba a bendecir la Muralla. Allí la vi avanzar como cuando capirote en mano la despedía en la Porvera y se acababa la Semana Santa. Allí me reafirmé y me encontré a mi mismo como si mi vida hubiera transcurrido en círculos y hubiera vuelto al principio. Allí como antaño, entre las mismas paredes, con las mismas sensaciones, los mismos requiebros del alma. Alli contigo Soledad, en Jerez, como siempre ¿te acuerdas?
Publicado por Desconocido @ 18:17  | Jerez
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