La Semana Santa son contrastes y la Madrugá, como quiera que es referencia unívoca o resumen exponencial de toda la semana, así lo refleja. De vítores y marchas alegres tras un manto antológico a la estrechez de la Calle Cuna y el silencio del Silencio. Otra vez la génesis. Otra vez germen y esencia de lo que es otra cara en la Semana Santa. Silencio. Perfección reconocida por los legajos de la historia. La Capilla musical rompe fabulosa la brisa fría que adorna balcones y tirita los cirios. Majestuoso el primero de los pasos. Un Nazareno delicioso que gusta verlo andar largo entre lirios y "racheares" justos y armónicos. Tras Él, un prodigio andante en plata, en forma de palio polilobulado, rígido, extraño, perenne y grandioso, guardando a la Madre dulce, de tez nacarada y sobria acompañada del Discípulo Amado. Me quedo con el sonido del crujir de sus bambalinas y el sobresalto de las levantás secas "al martillo".
Tras este guiño especial a la rectitud silente que enfilaba su vuelta a San Antonio Abad, cruzamos la Carrera Oficial para admirar la hermandad del Calvario. Esta tiene su momento amaneciendo por el Arenal cuando gusta escuchar el graznido de los primeros gorriones revoltosos por las inmediaciones de su paso de Cristo. Lo pudimos contemplar antes de entrar en Campana cuando sus inmutables nazarenos de negro permanecen impasibles ante la grandiosidad macarena y no les importa ser eclipsados por tanta explosión fastuosa que centraba, en aquellos momentos, las miradas de toda la plaza. No hace falta, pensarían éstos, ser populosos y arrastrar multitudes para cumplir una seria y soberbia Estación de Penitencia. Y razón no les falta.
Triana pura. Sin engaños ni fraudes. Es la esencia del popular Mercado del Carmen y su capillita, del Altozano y de muchos años de ostracismo arrabalero. Así dibuja en la calle su sentido la hermandad de la Esperanza de Triana. Es su verde, color de la hierba que crece en la ribera de calle Betis. Es su blanco, el de la Pureza de casas encaladas y de su virgíneo encanto. Es el ancla, símbolo doble de virtud marinera y esperanzadora.
Delante morado de Cristo doliente que cae Tres veces, una por Triana, otra por Sevilla y otra por todas las grandes figuras que han pasado por la Hermandad y por todos sus hermanos que ya no están entre nosotros, pero que tienen la dicha de admirarle el rostro cada día en una nube del Cielo.
Así llega Triana una vez al año al centro, predicando con el ejemplo, y sin dejar la posibilidad de ser objeto de la mas mínima comparación con otras corporaciones, quizás algo mas híbridas; de Triana con esencia de Giralda o de centro con aires de río. Eso sí, parece que desde hace unos años se la ve mas ordenada en la calle, con una muestra mas mesurada de sus señas características. Será que es lo que imponen los nuevos tiempos y ya no caben los excesos de antaño y las recogidas de sobremesa. Cada vez menos, felizmente, pueden verse las cafeterías llenas de capirotes verdes y morados en los amaneceres de la calle Adriano.
Nos deleitamos con el Misterio transitando por O`Donnell sin alardes y de frente, reservándose probablemente para una posterior y apoteósica entrada en la Campana, sin duda las mas espectacular de cuantas puedan verse en el epicentro de la carrera oficial sevillana.
A la Esperanza la dejó su barrio en la Magdalena con la marcha "Pasan los Campanilleros". Su indumentaria era totalmente novedosa con la recuperación histórica del "refregaó", un rostrillo magnífico que personalmente no conocía e hizo preguntarme repetidas veces el porqué de su desuso. Una vez el cortejo abandonó la Catedral se dirigió hacia el Postigo para iniciar la vuelta a Triana. Allí pudimos contemplar al primero de los pasos alternando como siempre la peculiar "cintura" con el guiño en forma de paso atrás que sólo se permite esta cuadrilla. Y es que es su barrio quien le reserva ese privilegio. La Virgen lució en genial contraste con los muros góticos de la Catedral cuando la noche ya dejaba paso al cielo azul de una mañana sin nubes. Por cierto, se echa de menos el manto "de los dragones" y alguna que otra marcha dedicada a la Virgen que no se interpreta a favor de otras más acordes a los modismos del "tachin tachin".
Al Señor de Sevilla lo admiré horas antes por la bellísimas calles, Bailén, Miguel de Carvajal y la Plaza del Museo. Allí entre los naranjos custodios de su impronta, lo disfruté tranquilo revirar las curvas de estas calles y hasta lo pude seguir un poco, lo que me permitía su andar diligente y apresurado. Magnífica la restauración llevada a cabo sobre la imagen, y es digno de felicitar una vez mas a la corporación no sólo por el resultado logrado y el modo de ejecutarse sino también por la valentía a la hora de tomar la decisión, con el impacto social que ha podido tener y con el consiguiente riesgo inherente que suponen este tipo de intervenciones. Con la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso me sorprendió una soberbia saeta desde un balcón de la calle San Vicente junto a la Iglesia. En este punto se detuvo el palio y pude admirar el completísimo conjunto. La alternancia de los dos mantos procesionales no altera en nada la fisonomía de éste. Resulta finísimo y delicado. El palio en forma de cajón le aporta una vistosidad muy propia de la rigurosidad de la Hermandad, alejado de otras explosiones barrocas de Rodríguez Ojeda. Es, sencillamente mas coqueto pero igual de fabuloso.
Cerré la noche con los Gitanos. Mereció la pena esperar al Señor de San Román, que lo seguirá siendo a pesar del cambio de sede, en la Cuesta "del Bacalao", Argote de Molina según el callejero oficial. Allí se sintió "La Saeta" mejor tocada de los últimos tiempos. El pasito corto de esta cuadrilla resulta insuperable y el trabajo en las revirás ni qué decirlo. Así es como mas luce el Señor como si quisiera pasearse suavemente por la ciudad, sin querer marcharse y sin querer pasar sin dejar huella. La agrupación Musical de los Reyes sigue produciendo sensaciones contradictorias. Ha mejorado notablemente la calidad musical tras el paso pero también ha perdido gusto en el repertorio y se empeña en abusar del "flamenqueo" barato y las adaptaciones de discutibles marchas de palio.
La Catedral despidió a las Angustias pasadas las 9 de la mañana. Lucía el manto donado por la casa de Alba que ha sido restaurado felizmente para la ocasión. Me vuelve a enamorar el soberbio giro de cuello que presenta la talla en una original estampa de cada Madrugá. Reviró el palio con su usual gracia y garbo por Placentines y Alemanes para dejarme tras la estela de su manto, un ratito, detenido en la acera. Entonces se reanudaba el trasiego de personas, mientras poco después recuperaba la consciencia y me perdía otro año mas en los ríos populosos de la vuelta a casa. Otro año mas la Madrugá siempre igual siempre distinta, pero mas gélida y tranquila que nunca.