Coincidiendo en tiempo y alma, se pusieron las primeras cruces de guía del ejemplo y la sobriedad en dos ciudades hermanas bajo el templete del morado cuaresmero. Ambas con una meta y un destino, arribar a la Santa Iglesia Catedral de sus respectivas diócesis en prima estación de penitencia en el presente 2007.
En ambos lares, y guiados por esas Cruces de referencia, los cofrades mostraron unas estampas insólitas más propias de años pretéritos donde se entremezcló la conjugación más soberbia de la maestría y el sabor añejo con el respeto y el sobrecogimiento. Además, Sevilla y Jerez hasta se pusieron de acuerdo en la elección de las iconografías que presidieron los Vía Crucis oficiales de los respectivos Consejos de Hermandades y Cofradías: el Nazareno, vivo retrato del caminar pesado y amargo de nuestro Señor redimiendo las penas de los hombres, reflejadas en los tantos males humanos que atestan tristemente nuestras urbes.
De un lado el del Valle, sobriedad, finura y elegancia de un Cristo con la cruz al hombro que "se pierde" en el maremágnum cofradiero del Jueves Santo de chaqueta y gomina, antesala de una esperada madrugá de devociones conocidas y desmesuradas. De otro, el Nazareno de Chaveli, icono del clasicismo silente de la madrugada jerezana que se hace Noche De Jesús, mas fervorosa, callada y recogida pero igual de maravillosa aunque muchos no traten de entenderlo.
Desde la muy mariana ciudad, la efigie de un Cristo desapercibido entre la colección soberana de imágenes geniales que abundan por la ribera del Guadalquivir. Desde la ciudad del vino y la solera flamenca, la sobria estampa de un Señor reflejado en el arte desconocido de un maestro sin nombre pero con talla, de un Chaveli localista pero igual o más refinado y afortunado que otros con mas nombre y producción. Ejemplo de jerezanía por los cuatro costados en una interpretación tan continuista pero fabulosa del barroco "mesino" del que tanto se inspiraba.
Pero dejando a un lado distinciones estéticas, el pasado Lunes dio cuenta de una voluntad semejante de dos hermandades que no quisieron ser mas protagonistas de lo necesario. De hecho, no hubo mas razón que la de la Palabra de Dios, no hubo mas reflejo que el de la Santa Cruz ni más testimonio de Fe que el de todos los cofrades y la de dos buenos y queridos ministros de la Iglesia que con su maestra dirección espiritual dieron buena cuenta del camino a seguir por todos los cofrades provengan de donde provengan.
Lástima que ayer no gozáramos del don de la ubicuidad para admirar la expresión mas profunda de dos ciudades que más que nunca se hermanaron por una causa común: dar testimonio de Fe en Cristo recordando y rezando 14 estaciones de un Vía Crucis que a pesar de las obvias diferencias celebraron de la misma forma, con mismos pecados y con los mismos propósitos de enmienda, pero además con la misma elegancia, la misma solemnidad y con envidias recíprocas de marcos históricos: templos, plazas, murallas y catedrales.